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Amor de ley

Escrito por santiagoriesco el 29 Septiembre 2008 – 13:17Sin comentarios

Conocí a Amador porque su chica era amiga de una turbia historia en la que me vi envuelto casi sin querer. Ha llovido mucho desde aquello. Nuestra amistad es una de esas cosas inexplicables que parecen haber estado siempre ahí, incluso antes de que cruzásemos una palabra. Él estaba saliendo de una ruptura que se venía desmoronando con una actitud madura, serena y con mucho sentido del humor. Yo estaba atrapado en una vorágine emocional que me empujaba a un precipicio sin vuelta atrás. Congeniamos. Ya lo creo.

Ha pasado el tiempo. Hoy mi querido Amador es un hombre feliz. Su sentido del humor se ha multiplicado hasta el infinito, sigue montando obras de teatro impresionantes con la misma cabeza experta con la que te planifica un sistema de refrigerado para una nave industrial. Vive rodeado de mujeres que le quieren, de Esther, una valenciana inteligente, machadiana y dulce que ama las palabras casi tanto como a mi amigo. De Lidia, su hija mayor, con toda una vida por delante, con una carrera universitaria recién estrenada y con la sabiduría que le ha dado el tener que madurar más rápido que sus compañeras de pupitre. Y Mar, claro, la pequeñaja de la familia, la consentida, el fruto de la protesta contra la guerra, la encarnación de la vida y los ojos de la paz.

Viene a cuento todo este rollo (Amador, no me lo tengas en cuenta y haz como que no lo has leído) porque mi amigo se casa con Esther. Y lo hacen fieles a la coherencia de su vida y a los ideales en los que sustentan sus principios. No habrá ceremonia religiosa porque son respetuosos pero no creen en la Iglesia, no habrá ceremonia civil porque para ellos su amor es algo íntimo, reservado sólo para los privilegiados que tenemos la suerte de compartir sus vidas, sus logros, sus decepciones, sus detalles y sus llamadas de teléfono mientras pasean todos juntos el perro a orillas de un mar sin turistas antes de comer un buen arroz al horno en casa.
Esta semana Amador me mandaba uno de sus impagables correos electrónicos repleto de guiños cariñosos invitándome a comer en primavera, con su familia y la de Esther, para celebrar que la ley les confiere todos los derechos y deberes de un matrimonio. A medida que leía sus palabras con una sonrisa en los labios sentí como los ojos se me iban poniendo melosos recordando los pocos pero intensos momentos que hemos compartido en estos años. Y me alegró tanto sentirme parte de su círculo más íntimo, que mi Eva que es Cristina, me llamó nada más leer la invitación y soltó rotunda: “Tenemos que ir como sea porque este amor es de ley”.

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