Agostados
Yo estuve allÃ.
En el mismo momento en que sus almas se rompieron, ese instante que estira el tiempo como un chicle de menta y mierda que une la acera y tu suela, que se aferra al recuerdo de una saliva que una vez le perteneció, pero que abandonaste porque martilleaba unas sienes doloridas de tanto mascar los nervios y el desconsuelo.
Yo estaba allÃ, sorbiendo el final dulce y acartonado de un Calippo de fresa, sentado en un banco de madera maciza como el pecho de aquella chica sometida por unos vaqueros que redondeaban un culo de arte mayor, unos glúteos endurecidos por el viaje en Alsa y las clases de spinning. En uno de aquellos bolsillos traseros él habÃa metido cuatro dedos como cuatro espárragos trigueros puestos a la parrilla, al calor de aquellas nalgas que se bamboleaban por las calles vacÃas de una ciudad que ya no quiero que se llame Madrid, por una calzada por la que transitaban taxis con la luz encendida, putas con el corazón apagado, gatos en busca de ratas y caricias.
Yo lo vi. Fue el momento en que ella sonrió y en las patas de gallo que ya habÃan amanecido en los balcones de sus ojos él reconoció las arrugas de la camisa de lino que llevaba puesta y que ella le habÃa regalado al comienzo del verano a los pies de una hoguera de la ya que no quedaba más que el viento humeante de la noche.
- Es mejor asà – dijo ella. Y entonces vi aquellos labios flotando más allá del rostro y unos enormes pendientes que él le habÃa regalado a mitad de verano, cuando las llamas de la hoguera se elevaban hacia el cielo de lunares de Madrid.
Le descerrajó un beso cuajado de promesas incumplidas y enfiló la amenaza de la Gran VÃa. Él se quedó allà de pie y me miró para que pudiera ver en sus ojos cristalinos mi reflejo: las chanclas, la piel desprendida, los lamparones rosas y el olor a aftersun reseco, que era, al fin y al cabo, lo único que nos quedaba de este puñetero y ya extinguido verano.
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