Despedida en la cumbre
En julio se casa Sergio, mi amigo. Para despedir su solterÃa hemos estado un año conectados a sus espaldas proponiendo sitios exóticos, cotidianos, imposibles y mágicos. Haciendo y deshaciendo planes surrealistas, crueles, simpáticos y bochornosos. Al final, a golpe de correo electrónico y telefonazos varios, la cosa quedó en un fin de semana variado con una oferta doble en la montaña desafiando los altos porcentajes de lluvia y con sobredosis de camaraderÃa.
El viernes le llevamos, sin que se lo oliera, hasta la plataforma de Gredos. AllÃ, pertrechados con botas, trajes de agua y latas para la cena, emprendimos las dos horas y pico de subida hasta el refugio de Elola, a orillas de la Laguna Grande. Tuvimos suerte con la lluvia, apenas hablamos durante el ascenso para economizar fuerzas y evitar que el corazón se nos saliese por la boca a causa del esfuerzo ya olvidado. Un tiempo precioso para meditar sobre el sentido de la vida, la inmensidad de la naturaleza, la trascendencia, el matrimonio, la amistad y todo aquello para lo que apenas tenemos un rato para pensar.
La cena en el refugio fue genial: lentejas, fabada y callos con nocilla. La noche en sacos con ronquidos y demás música corporal.
El sábado, regresamos a la civilización. Cambiamos la montaña por el comercio y el bebercio. Brindamos, nos abrazamos, sincronizamos nuestras vidas y le deseamos con cada gesto, con cada palabra, un futuro feliz junto a la persona con la que ha decidido compartir el resto de sus dÃas.
Anda Sergio ahora con los últimos detalles del enlace. Un grupo de amigos hemos vuelto a quedar en dos semanas para echar un partidito, comer unas bravas y ver si España llega a cuartos en la Eurocopa. Nos ha puesto a su futura mujer como excusa para no venir, y eso sà que no, nononó, nononó. Ya está marchita, la margarita, que en el pasado he deshojado yoooooo. (Sabina, J., El joven aprendiz de pintor en Juez y parte, CBS-Ariola, Madrid, 1985).
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