El silencio, mal negocio
“La palabra es plata, el silencio es oro”, fue lo que pensé justo después de escuchar al camarero: “Es que cuando no hay fútbol, uno no sabe de qué hablar, ¿verdad?”
Andaba yo dándole vueltas a los turnos para acompañar a mi padre durante su convalecencia en el hospital al mismo tiempo que revolvía el azúcar del café con leche. Justo a mi lado, un joven con pendiente, coleta y portátil hojeaba sobre la barra carente de entusiasmo las páginas de un diario deportivo en busca de noticias inexistentes. Entra un cliente de toda la vida con su traje de funcionario gris, corbata raída y un portafolios desgastado por la falta de uso laboral. El camarero, de los de camisa blanca, chaleco granate y más kilómetros que el taxi de mi padre, se dirige a él con tono cañí sabiendo que el silencio del bar es el altavoz perfecto para su reflexión filosófica: “Es que cuando no hay fútbol…”
Le miro con el refrán escrito en la frente y me sonríe disculpándose al tiempo que fija su atención en la cafetera mientras, de espaldas, espera una respuesta del cliente fijo, del hombre gris con gafas de funcionario que ha dejado su portafolios sobre la barra mientras se encarama en el taburete de la esquina con un movimiento de inercia y cansancio una y mil veces repetido. El rumor de la tele tamiza el sonido del agua caliente empapando los polvos de café prensado. “¿Cortado, señor Paco?” “Sí, cortado y una pulga de serrano”, contesta el hombre de corbata raída echando mano del otro periódico deportivo al tiempo que el joven del pendiente vuelve a la portada del suyo y repite la búsqueda de noticias con el paso -esta vez más rápido- de hojas y más hojas a la búsqueda de un resultado, de una clasificación, de una columna de opinión en la que se critique el juego de una estrella, la falta de implicación de los profesionales, el penalti fallado o el increíble acierto del colegiado.
El camarero, con su calva peinada y las patillas largas, acaba de servir el cortado y lanza de reojo una mirada a mi taza. Es un modo estudiado, burdo y borde de decirme, sin palabras, “cuando acabe, se me marcha; y está tardando”.
El joven de coleta, portátil y pendiente dobla el periódico y paga dejando dos monedas sobre la barra. Ni siquiera se despide. El funcionario ataca su pulga mientras el camarero disimula cruzados los brazos y la espalda apoyada mirando la tele sin saber lo que están dando.
Miro el reloj, pago y salgo con un “hasta luego” sin respuesta sonora. Ya en mi destino, tras pasar el listado a la encargada, me llega el primer libro solicitado: Herb Schmertz y William Novak, “El silencio no es rentable”. Y exploto en una sonora carcajada.
“Silencio, por favor, está usted en la biblioteca”.
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