La carretera (II)
Escuadra, cartabón, brocha, pincel de detalles y un cubo lleno de pintura blanca son aperos demasiado rudimentarios para los tiempos que corren. Augusto lo sabe. Es consciente de que existe la posibilidad de que cuando llegue al final de su trabajo el lugar donde comenzó, ese kilómetro diecisiete de la autopista A-2 necesite una nueva mano de pintura. Por esta razón, en la furgoneta guarda un catálogo de sistemas de rociado mediante alta presión que reducirÃan el tiempo de ejecución treinta o treinta y cinco veces, según sus cálculos. En ocasiones siente la tentación de comprar el más barato de la gama en uno de los centros comerciales que rodean las ciudades por los que pasa. Sin embargo, algo le dice que debe hacerlo con sus propias manos, aunque la precisión sea menor y las probabilidades de ser detenido de nuevo por la Guardia Civil aumenten.
- ¿Qué coño hace, amigo?
Augusto levanta la cabeza pero sólo ve una silueta recortada en un cielo que corona un sol sin escrúpulos.
- Pinto.
- Eso ya lo veo.
Ya de pie, Augusto tiene ante sà a un muchacho de poco más de veinte años vestido con un mono azul desabrochado hasta la altura del ombligo.
- ¿Quiere agua?
Augusto acepta y el muchacho le pasa una botella de cerveza llena de agua. Seis tragos después se la devuelve, vacÃa.
- Aún sabe un poco.
- ¿A qué?
- A cerveza.
- ¡Ah! Ya, no se va por mucho que la aclare, tiene cojones.
Augusto sigue la mirada del muchacho hacia la lÃnea discontinua en la que estaba trabajando.
- Tengo más en la gasolinera. ¿Le apetece? – dice el chico sin levantar la vista de la raya blanca.
- ¡Bueno!
Augusto recoge las herramientas y ambos se suben en la furgoneta para recorrer en punto muerto los doscientos metros de ligera pendiente que los separan de la gasolinera. Durante el trayecto Rubén se sobrecoge por la penetrante mirada de la mujer que posa sonriente en una fotografÃa pegada en el salpicadero y deteriorada por la luz del sol y el paso del tiempo.
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