Conversos de mierda
Odio odiar. Y sin embargo en ocasiones no te queda más remedio que hacer ese esfuerzo Ãmprobo en activar un sentimiento que, ya digo, repudio y trato de desterrar de mi universo emocional.
Cuando en mi vida se cruza un converso, el tanto por ciento de probabilidades de convertirse en un ser a evitar se dispara como el euribor de mi hipoteca a interés variable. Me da lo mismo que sea un ex fumador al frente del Partido Anti Tabaco, un taurino reconvertido en protector de animales y defensor de la pena de muerte o un comunista dirigiendo el programa con más audiencia de la emisora de los obispos. Ya digo, son personajes peligrosos, que me obligan a esforzarme para rebuscar en mis intestinos ese odio que me repugna activar.
Hace unos dÃas, el personaje que la COPE tiene al frente de su programa matinal, el tal Jiménez Lozanitos, ha sido invitado por el Arzobispado de Madrid a unas jornadas de periodismo religioso. Alguno se admirará por la capacidad de diálogo e integración que muestra Rouco Varela (a la sazón arzobispo de la tierra) dando pábulo a un ateo confeso, discapacitado anónimo y encausado múltiple a un acontecimiento tal. Quizá el hecho de que el monseñor gallego esté rodeado de personajes con una conversión a sus espaldas como la de Lozanitos tenga que ver. Quizá el rumor de la enfermedad mental del presidente de la Conferencia Episcopal y sus continuas depresiones tenga que ver. Quizá la falta de coherencia instalada en los terciopelos rojos que tapizan la alcurnia eclesial de la villa y corte, tenga que ver. Total, que hay personajes peligrosos de los que no sólo conviene no hablar, sino que no merecen el trabajo infame de rebuscar en lo más profundo de la maldad intrÃnseca a cada uno de nosotros ese sentimiento asqueroso, nauseabundo y miserable que es el odio.
Tengo no más de cinco conversos infames en la mente. Procuro evitarlos de todos los modos posibles. No les oigo, no les leo, no les veo, no les sigo, no les busco… pero a veces se vuelven a cruzar en mi camino por cuestiones profesionales y me hacen sentir mal conmigo mismo por odiarles, por desear que la justicia divina se ejecute asà en la tierra como en el cielo, y que desaparezcan de mi vida, qué coño.
Odio odiar, pero cuando odio, odio de verdad.
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