Confieso que he fumado
Con este título tan de Neruda escribía mi admirado Raúl Vacas uno de sus poemarios galardonados por la Administración autonómica de la cosa. Me viene hoy a la memoria porque estoy hasta el anverso del coxis de aguantar a conversos, estúpidos, gilimemos y demás personajes cercanos (y no tanto) su aversión al tabaco.
Pase que el Estado se convierta en nuestro garante y quiera prolongar la existencia de sus ciudadanos más allá de los cien años. Pase que sea más barato pagar la sanidad de un abuelo que la de un fumador crónico. Pase que el humo no agrade a todo el mundo y que el olor que dejan las colillas apagadas sea insoportable incluso para un fumador contumaz, convencido y militante como el menda. Pero de ahí a que no te permitan fumar en una casa particular… vamos, que pasa de castaño a oscuro casi negro.
No hace mucho fui a ver a unos amigos que se habían comprado una casa en una zona residencial de Madrid. Ni qué decir tiene que cuando ellos venían a mi casa podían poner los pies encima de la mesa, abrir la nevera para coger lo que les apeteciese y servirse un copazo de los que yo ya no estilo. A mí me enseñaron desde siempre a que las visitas no fueran tales, a que cuando alguien entrase por la puerta se sintiese en su propia casa. Pues bien, llego a su nidito de solteros y lo primero que me espetan es que su casa es de “no fumadores”. Lo confieso, me pilló de improviso. Me quedé mudo, quieto, cortado, con la cara de quien no acaba de creerse que su equipo ha ganado una final de lo que sea, un título bananero, cualquier trofeo que implique un plus de felicidad al mero hecho de sentir los colores. Pero no quiero desviarme. Me quedé roto. Cuando salí de allí (encendiendo un cigarro con otro) me prometí no volver a poner los pies en aquel lugar. Pero cuando uno está casado adquiere ciertos compromisos que van con el sacramento. O sea, que me ha tocado regresar al esterilizado hogar impoluto en cuestión. Esta vez iba preparado.
Nada más entrar, con sorna y mucha retranca, les espeto una alegre invitación al café que me iban a brindar. Les propongo ir a la cafetería que hay bajo su casa declarando abiertamente mi necesidad de fumar y dialogar en un ambiente cómodo y distendido sin tener que hacer malabarismos en una ventana, sin arriesgar la congelación de mis extremidades y sin tener que exiliarme en sus cincuenta metros cuadrados para poder echarme un cigarro. ¿Qué creen ustedes que pasó? Exacto, que bajamos a tomar un café, que me fumé mi pitillo y que la reunión duró tres caladas y media. Eso sí, mi amigo, que es un fiera –camino del altar, donde se ejecutan los sacrificios-, no permitió que sacase la cartera.
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