De perdidos al río
Con el corazón helado
Todavía estoy con la digestión de las casi mil páginas que me he metido entre pecho y espalda las últimas dos semanas. Estoy, como quien dice, en la sobremesa, degustando aún las migajas quesalpican mi cabeza después de haber devorado tanto párrafo anafórico e hiperestésico. De mayor quiero ser como la Almudena Grandes que ha escrito este corazón helado, quiero encadenar adjetivos como lo hace ella, elegirlos entre un catálogo eterno e imposible y después colocarlos en el lugar exacto. Quiero recurrir a frases que parecen lanzadas a plomo la primera vez y que luego salen a la superficie y flotan en otros pasajes del libro, quiero construir y conocer personajes tan tremendos como Álvaro y Raquel, quiero emocionar como ella lo hace con hueso de albaricoque, quiero sondear el alma de unos personajes y resumirlo en una corbata que limpia unas gafas sucias. Qué grande, Almudena. Qué grande.
De perdidos…
Debo reconocer que estuve a puntito. Me faltó el canto de un duro, como quien dice. Al igual que ha defendido Juan Cueto en El País, el principio de la tercera temporada de Perdidos se me atragantó un poco. Mucho. Los guionistas abrieron demasiadas líneas argumentales (ese pueblo nuevo, esas jaulas, en fin, you know) y sólo hacían que sumar preguntas y preguntas sin dar ni una sola respuesta. Hasta el más pintado se hubiera aburrido de tanto jeroglífico sin final. Juan Cueto creo que abandonó. Yo, afortunadamente, no lo hice. La próxima semana, FOX (esa cadena que va de mal en peor) ofrecerá los dos últimos capítulos de la tercera temporada de la serie de J. J. Abrams. Alucinante. Estoy que me muerdo las uñas contando con los dedos romos los días que quedan (next february, dicen en la ABC) para la cuarta temporada. Cuánta impaciencia, cuántas dudas, cuánto cabrón hay suelto más allá de la isla. Hanso, te estamos esperando.
A vivir, que son dos días
Emilio J. B., el tipo de la columna multicolor, decía hace años que no le molaba Ángels Barceló porque cuando daba las noticias por la tele parecía que te echaba la bronca por no estar al tanto de la actualidad. Eso, amiguitos, era antes. Estoy enganchado a la Barceló de los fines de semana, del A vivir que son dos días. Esta tía es grande, muy grande. Bien es verdad que este año echo de menos a Segurola, pero me fascina su última hora de programa, el club de lectura y cómo se ha adaptado al tono magazine después de años de información pura y dura. Me jode (o no, todavía no estoy seguro) que la Cadena SER se la lleve (ahora que ya me había enganchado) a Hora 25. O no me jode (no sé, todavía no estoy seguro) porque a lo mejor la Barceló me anima la vuelta a casa, mientras escucho por la noche la radio del coche recién salido del trabajo. Tengo esperanzas, sobre todo, en lo que monte de 21.00 a 22.00 horas, cuando se han agotado los deportes y todavía no ha empezado la monolítica tertulia. Lo que no me cuadra es el movimiento. ¿No habría cuadrado mejor Montserrat Domínguez como conductora del Hora 25? ¿No es la Domínguez demasiado seria, responsable, demasiado british, sabes, para el magazine fin de semana? En fin, habrá que oírlo. Pero lo más chocante de todo es que la SER haya dejado de promocionar a gente de la casa (como en su día hizo con Paco González, con De la Morena, con Gemma Nierga) y se haya lanzado a pescar en la tele estrellitas para su cadena… Mmm.
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Jorge Javier Vázquez con faja
Amazing