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Aprendiendo a morir

Escrito por santiagoriesco el 12 Noviembre 2007 – 20:19Sin comentarios

“Nos tenían que enseñar a morir”, me comentaba el otro día un compañero después de conocer el trabajo que desarrolla Cáritas con los mayores en la diócesis de Bilbao. “Si no tuviera miedo no me importaría, pero es que nadie nos enseña a morir, a no tener miedo”. Y me quedé, como casi siempre, con muchas cosas que decirle y que en ese momento, en un pasillo de Prado del Rey, no me salieron como las pienso. Sólo pude decirle que para morir bien bastaba con llevar una buena vida, pues yo entiendo la muerte como el final de la misma.
Siempre oí decir a mis padres –más sabios por edad que por padres- que uno muere como vive. Y no sé si se cumplirá en todos los casos, pero soy de la misma opinión. Y no únicamente por haberla oído en casa cada vez que alguien nos dejaba sino que a medida que vamos recortando tiempo a la vida y nos toca de cerca la muerte de alguien querido, conocido o cercano, uno se reafirma en esta creencia hasta convertirla en convicción.

No le pude decir a mi compañero catódico que la fe también ayuda. El tener la esperanza de que la historia no acaba aquí sino que hay algo más allá da un punto de tranquilidad y sosiego que facilita acercarse a la felicidad mientras uno anda por el camino de la vida. Casi tanto como el cumplir cada una de las promesas que se hacen, como el permanecer fiel a las convicciones más internas, como el no traicionar los valores más arraigados en el interior de cada uno. Hay quien lo llama vivir con la conciencia tranquila; o sea, no andar por la vida guardando cadáveres en el armario, ni escondiendo la porquería debajo de la alfombra del alma. Al final, y de esto sí que estoy plenamente convencido, todo se sabe. Es una cuestión física: La mierda flota. Por eso considero primordial ir por la vida con transparencia, tratando de ser fiel a uno mismo y procurando, no sólo hacer el bien, sino luchar contra el mal en la medida de nuestras posibilidades.

Viene esta reflexión tan vital y trascendente porque esta mañana se ha muerto el padre de una amiga muy querida. Pepe ha sido un ejemplo de vida en su trabajo como maestro de escuela y, especialmente, en el final de su vida afrontando una dura enfermedad con la entereza y la paz de la que sólo pueden hacer alarde los que han vivido de frente, los que creen en otra vida, los que buscan el bien de los suyos y de los que se han cruzado en su camino. En su muerte, como en su vida, se ha comportado como el maestro que era.

Cuando vea a mi compañero le contaré la historia de Pepe, la historia de un hombre que no sé si aprendió a morir pero que lo ha hecho dando una lección a todos los que le conocían y hemos aprendido muriendo un poco con él.

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