Parábola del ladrillo
Era un joven de barrio. De las afueras de una gran capital. Sus padres, emigrantes del Norte, se habían labrado un presente a fuerza de mucho trabajo. Para que él no tuviera que dejar su tierra, y pensando en que tuviera un futuro mejor, le costearon una carrera en la Universidad. Estudió y estudió hasta que logró un título oficial. No contento con ello, al tiempo que el joven crecía y conseguía su primer empleo, emprendió una segunda carrera hasta que logró su título de arquitectura.
El mundo laboral en el que se movía estaba en plena ebullición. La construcción crecía y crecía. La demanda era cada vez mayor y él, con su preparación teórica y su experiencia laboral, consiguió un puesto de arquitecto en una promotora internacional con presencia en gran parte del territorio patrio.
Su primera obra fue la remodelación y acicalamiento de un edificio que habían levantado sin una dirección profesional. Es cierto que el constructor era hábil y que todo parecía correcto, pero su experiencia y sus conocimientos convirtieron aquella obra en un dechado de virtudes. No sólo por las mejoras en el diseño, también apuntaló la seguridad, eliminó elementos inútiles y peligrosos, aplicó una mejor distribución de los espacios y consiguió un ahorro de energía en el funcionamiento del inmueble digno de admiración y respeto dentro de la profesión.
Le llovieron las alabanzas desde el Colegio Oficial de Arquitectos, sus compañeros de profesión mostraban respeto y admiración por el trabajo desempeñado, catedráticos de la Facultad ponían su obra como ejemplo a los alumnos y hasta los clientes pedían a otros arquitectos una construcción similar.
Después de remozar el edificio, el joven arquitecto emprendió la tarea de construir una gran urbanización aprovechando los terrenos de los dueños de la empresa con el objeto de hacerles ganar ingentes cantidades de dinero. Diseñó un plan global y comenzó con el saneamiento de la zona. Ya estaban las calles asfaltadas, hasta las farolas daban luz. Los solares repartidos y los planos de cada uno de los edificios completamente cerrados.
La vida, que a veces tiene estas cosas, hizo que la fortuna le sonriese en forma de un boleto premiado en la lotería.
Fue entonces cuando los dueños de la promotora, urgidos por el temor a perder a su arquitecto, trataron de que se quedara. No le ofrecieron mejores condiciones económicas, ni siquiera un cheque en blanco para que continuara el proyecto después de años y años de trabajo en común. Pretendían contratar a otro arquitecto que diera el mismo resultado y pidieron su ayuda. Él, defraudado y atónito, no daba crédito a lo que oía. Al final resolvió dejarles y contar la verdad en el Colegio Oficial, en las convenciones del sector, en las Universidades donde era ponderado: “Lo he hecho todo con mis propias manos. No ha habido aparejador, nunca he tenido jefe de obra, ni siquiera un capataz o una cuadrilla de albañiles. Y lo que es más grave, no soy arquitecto, yo soy periodista”.
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