Detrás de la puerta
Pues sí. La verdad es que llevo tiempo cavilando sobre el asunto. Y la cancioncilla de Alaska se me ha incrustado en las arrugas del cerebro como el sarro que da de comer a mi dentista argentina. ¿A quién le importa lo que yo diga? (o escriba).
Es lógico que de vez en vez uno se pare y se pregunte por el sentido de su existencia y tal, lo que no lo es tanto es que los que están a tu alrededor te laceren con semejantes cuestiones trascendentales. ¿Qué a quién le importa? Pues a mí. Al homo comunicator que llevo dentro.
Hace años uno de mis hermanos me dio a leer unos versos que había escrito. Estaba pasando una mala época y la poesía le surgía espontáneamente, por doquier, a borbotones. Quería dedicarse a bautizar sentimientos y colorear el alma de los que leen, a vestir cada momento con el traje de la palabra a medida. Ahora sé que esperaba mi apoyo en forma de buenas palabras y condescendencia. Era lo lógico.
Pero yo, desde la ignorancia que proporciona encabezar con el careto una ristra de líneas semanales en un diario de provincias, le dije que no servía. Tuve la increíble cara y la mísera desvergüenza de responderle por escrito que el poeta, el novelista, el literato, el ser escritor, no es cuestión de impulsos, de épocas, de ratos muertos. Le instaba a que se tranquilizase y se cuestionase si realmente tenía la necesidad imperiosa de poner en negro sobre blanco aquello que no podía contener dentro de sí. Es más, recuerdo haberle comentado que habría días de sequía, que la palabra puede tornarse esquiva, que las musas no siempre están de tu parte. Lo dejó. O eso creía yo.
No hará ni una semana que me sorprendí escuchándole detrás de la puerta entreabierta. Cantaba unas hermosas melodías cuyas letras me sonaban vagamente. Había reciclado los versos oxidados que yo desprecié para hacerlos brillar al ritmo de su guitarra.
Un escalofrío de culpabilidad y agradecimiento me sacudió al mismo tiempo. Acababa de darme la respuesta a mis cuitas, a las preguntas trascendentales y metafísicas que me lanzaban los más cercanos sobre el asunto: Es por eso que escribo. No sólo por necesidad y satisfacción personal, también lo hago por los hermanos que leen a escondidas, detrás de la puerta, las chifladuras semanales que me ayudan a desconectar de las ideas remuneradas.
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