Vuelve
Hace diez años caminaba por las calles de Salamanca con los auriculares lamiéndome las orejas y una radio gigantesca haciendo contrapeso en un bolsillo de mi eterno abrigo verde.(¿Dónde estará ahora esa gigantesca radio? ¿Y aquél abrigo verde?) Alguien deberÃa haber inventado el mp3 un par de décadas antes. La tecnologÃa siempre va más despacio que nuestras necesidades. El caso es que hace diez años caminaba por las calles de Salamanca con la radio a cuestas. Me veo, como si fuera ayer, atravesando Anaya y la calle CompañÃa con la radio puesta. Me veo demorando el paso para escuchar cinco segundos más, por la calle Toro, dejando atrás la estación de autobuses camino de la Escuela de Idiomas, dando vueltas por la Gran VÃa para justificar el retraso, sentándome en un banco de piedra para no perderme detalle. Me veo, de vez en cuando, sacando un papel de la mochila azul (¿dónde estará ahora aquella mochila azul?) y apuntando una frase escuchada en la radio, un idea ingeniosa, un chiste efÃmero y eficaz, un argumento tan estrambótico que algún dÃa podrÃa serme válido.
Me veo también, hace diez años, rodeado de apuntes. De folios y folios, hojas y hojas de tonterÃas que hoy he olvidado y entonces me parecÃan tan importantes. Me veo en esos trances de junio, con la alergia entre Llamas y Espina Barrio (¿dónde estará ahora etc.?), y una mano al lado de mi radio gris. EncendÃa y apagaba demasiadas veces esa radio (asà quedó, la pobre). Eran cinco minutos de estudio y zas, radio encendida. La apagaba, pero la curiosidad podÃa más y la volvÃa a encender. Cinco minutos más, me decÃa, cinco minutos, me engañaba. Y al final me tragaba las cuatro horitas de programa mientras TTI, TGI y demás asignaturas tenÃan que esperar hasta las ocho de la tarde.
Me recuerdo en esos años universitarios con una radio permanentemente encedida por la tarde para escuchar un programa de radio. Algún resentido hijo de puta prohibió ese programa en el verano de 1999. Lo digo con la boca pequeña, pero me hizo un favor, porque me dio una excusa para no encender la radio por la tarde y asà preparar una absorbente tesina que me llevó más tiempo del que cualquiera hubiera querido perder el último año de carrera. El caso es que ese último curso fue el primero de mis tardes huérfanas de radio.
Vale. Este fin de semana los periódicos me contaban que Julia Otero vuelve a Onda Cero, la radio que le escupió en la cara hace ya unos cuantos años. El recuerdo de ese programa me lleva a esos años universitarios en los que uno cree comerse el mundo y sueña con un periodismo en plan anuncio de compresas. Ahora soy más viejo, más descreÃdo y seguramente el retorno de la Otero a Onda Cero no me lleve a perder el tiempo por carreteras secundarias mientras espero una frase, una idea ingeniosa. Espero que me equivoque. Espero que este regreso a la tarde deje atrás estos años de sequÃa en los que nos ha tenido ella. Espero que no haya Cerezas, ni paños menores, ni unos protagonistas mutilados por la publicidad. Yo quiero que vuelva el gabinete, que vuelva esa tertulia tan sumamente cojonuda con Almudena Grandes, con Adriansens, con Manolo Delgado (grande), con Manuel Rivas, con Leguina, con Fernández de Trocóniz (tan real que no lo parece), con Ana Palacio, con Boyero, con LucÃa Etxebarria, con Osorio, con Luis Antonio de Villena, con Luis Racionero, Sánchez Dragó, Enrique Gil Calvo, con Moncho Alpuente… Que vuelva un Pablo Motos primerizo cuando los monólogos sonaban a nuevo. Que vuelva Juan Carlos Ortega, cuando sus voces sorprendÃan. Que vuelva el Fuera de Contexto. Joder qué grande era aquello. Casi tanto como mi radio de antaño. Septiembre está a la vuelta de la esquina. Y ya me estoy relamiendo de gusto. Ñam, ñam.
A ver dónde coño puse los auriculares.
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