Palencia
Ha pasado una semana con sus dÃas, tan rápidos y tan lentos, y sus noches, tan largas y tan cortas, y todavÃa pienso en Palencia cada vez que estoy en la cama. Tumbado entre sábanas, con el peso gozoso de las mantas, los ojillos cerrados y en ese trance impagable de la duermevela, mi pensamiento se asoma al abismo del eterno desastre eterno. Recuerdo las fotografÃas de los periódicos, esos edificios de fachadas mordidas y sus esqueletos desnudos al viento. Aún veo ese sofá verde en medio del medio salón, esas zapatillas abandonadas de andar por una casa que ya no existe, esa cómoda que alberga el pijama que no te pondrás esta noche, ni la próxima. Esas fotografÃas familiares que acumulan en forma de polvo las migajas de la destrucción.
Miro mi cuarto y me lo imagino como escenario de una fotografÃa de primera página. Ahà están mis libros, con las costuras y los párrafos reventados por la explosión. Ahà mi sillón blanco, con cascotes del techo como incómodo cojÃn, ahà el flexo cuyo cable desemboca no en el enchufe, sino en un agujero negro y gasificado. Miro mi cuarto y me estremezco al pensar en las fichas alborotadas del parchÃs, en el suelo salpicado por los restos de una hucha de porcelana (fea, vacÃa e inútil) que fue regalo de una primera comunión (fea, vacÃa, inútil). Pienso en un gorila de peluche con sus tripas de algodón fuera, en unos cajones de calcetines impares, en unos cedés rebosantes de música muda y un cargador de móvil que no volveré a utilizar. Pienso en mi mundo hecho trizas, me pienso en alguien que ve la imagen de un periódico que publica también mi esquela, y el frÃo se mete conmigo en la cama.
Tal dÃa como hoy, de hace una semana, varios palentinos se fuerona a dormir pensando que al dÃa siguiente tendrÃan que coger el autobús cinco minutos antes si no querÃan perderlo de nuevo, que deberÃan comprar la carne picada para hacer las albóndigas de la cena, que más les valÃa estudiar si que querÃan aprobar, de una vez, el teórico del carné. Agotaban las últimas horas del dÃa anticipando lo que serÃa el siguiente. Otro dÃa más en el puto trabajo, a ver si encuentro algo mejor, otro dÃa más en el instituto o en la peluquerÃa, el despacho, la oficina. Pero también de planes emocionantes. Tengo que llamar a Luisa para cantarle el cumpleaños feliz, que mandar un mail a Jaime con lo del contrato, que regalar tequieros a Sandra, que llamar a la tÃa Sonsoles, que llevar a papá al médico.
Ha pasado una semana, con sus dÃas y sus noches, tan llenas y tan vacÃas, y uno tiene la sensación de que ha perdido, sin hacer nada de interés, todas estas horas que la desgracia les robó a un grupo de palentinos. TodavÃa pienso en Palencia cada vez que estoy en la cama. Y en la duermevela me propongo empezar aventuras cada minuto, fabricar ilusiones cada hora y recordar cada segundo que esta puede ser la última vez que cierre los ojos. Y los abra. Y los vuelva a cerrar… Y los abra de nuevo.
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