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Ellos

Escrito por victorvela el 27 Mayo 2007 – 17:45Sin comentarios

Si te fijas bien en la portada de esta sincolumna, los que hacemos esta web estamos de aniversario. Cumplimos 150 números. Y dentro de poco, cinco añitos. Como no tenía tema claro para la cita columnera semanal, me he decidido por escribir de los verdaderamente importante, que son los colegas, los amigos, los compañeros con los que te cruzas en algún momento de tu vida y que, desde ese momento, no te abandonan, aunque los tengas a miles de kilómetros o cientos de llamadas perdidas. Esto, en fin, es una especie de making of sincolumnero. Y de cómo conocí (o no) a la gente que escribe en esta web.

A Santi ya lo conocía antes de conocerlo. Por aquel entonces, en su otra vida, se llamaba Unermano. La primera vez que lo vi estaba escondido detrás de las letras de una columna, envuelto en periódico de papel gratuito, enclaustrado entre contactos náufragos, reportajes en plan erasmus y ofertas recortables de dos por uno en el Camelot. O algo así. Era un lunes por la mañana, seguramente, y Santi se regalaba en cada párrafo. Lo podías ver en un banco de madera situado al lado de la Pontificia, o en la barra muerta (y cada vez más cara) del Alcaraván, o en un montón de hojas plegadas a la entrada de la Escuela de Idiomas. Unermano era el algodón de azúcar y pimienta de la vida universitaria, la poesía al-salir-de-clase, la oenegé de los postadolescentes, el romanticismo gamberro de los discípulos de Sabina. Unermano era el tipo con el que empezaba la semana y su columna, gratuita e impagable, lo que me despertaba cada lunes por la mañana. Estuve un año así, leyéndolo y conociéndolo solo a través de papel. Al octubre siguiente quise seguir sus pasos y me apunté -todavía me sorprende que mi timidez lo permitiera- a la redacción de aquel Tribuna Universitaria. Quizá es una de las mejores cosas que he hecho en mucho tiempo. Recuerdo la primera reunión. Un servidor agazapado en una silla giratoria y Santi (el artista anteriormente conocido como Unermano) de pie, hablando con la ilusión de la que solo él es capaz, mientras taponaba la puerta del baño con su inmensa humanidad. Contaba su idea de montar un programa de radio en una emisora local de Salamanca. A doble espacio se llamaría la cosa. Y pedía colaboración. Y propuse colaboración. Y Santi me la dio. Nos la dio, porque en realidad era una sección trío que compartía con otros dos efímeros sincolumneros, Chema Cruz (aquel Menage a trois venido a menos) y Carlos Cecilia, el muchacho que se esconde detrás del corazón culé de Esteban Anmella. De aquella mínima colaboración en la radio (el traslado a las ondas de la sección El rabillo del OjO) nació una amistad, grande, que dura hasta hoy. De aquello, qué cosas, se cumple este octubre diez años. Diez años soportando a Santi. Y él soportándome. Afortunadamente, para ambos, a distancia. :) Diez años compartiendo ilusiones, desvelos, proyectos nunca llevados a cabo, banquetes de boda, viajes, excursiones a Ikea, a la feria del libro y a cafeterías señoriales de Madrid. Ahora también compartimos columna. Y espero que sea durante mucho tiempo, ¿no?

Miguel Ángel Huerta, Michi, era otro de los tipos que componían la redacción de Tribuna Universitaria. Siempre me moló ese aire de superioridad con el que hablaba de todo y de todos. Era capaz de darte crueldad y cariño en una sola frase. De insultarte con sonrisas y que siguieras pensando que es un tío cojonudo. Quizá porque lo es. Lo mejor de Michi es que es un pedante al que se le coge cariño. Y encima sabe de cine y tiene las tragaderas suficientes para seguir peleando por el puesto que se merece en la Universidad. Con lo difícil que es hacerse valer entre los mediocres.

David Barreiro y Gorka eran compañeros de clase. Sin embargo hablé muy poco con ellos durante la carrera. Poco por no decir nada. O casi nada. Recuerdo que en Quinto me invitaron a participar en José Manuel, un fanzine (algo así) que coordinaba (algo así) Gorka. Escribí un par de textos y conseguí un par de números de la revista. Por cierto, debo tenerla guardada por algún lado. Tengo que buscarla. Después, durante un viaje con Esteban Anmella, Gorka nos acogió en su casa en Cuenca y nos dio de cenar y de desayunar. Allí descubrí que Gorka era G. y escribía en un foro de Internet en el que también participaba Peter Pan, que no era otro sino David Barreiro. Un par de años después de acabada la carrera me encontraba con ellos y participé -desde el anonimato- en su cruce de mensajes y en un foro que echo mucho de menos, porque me encantaba leerlo desde la distancia. Cuando surgió la oportunidad de sincolumna no dudé en pedir a David que resucitara a Peter Pan y a Gorka que se metiera de nuevo en la piel de G. Y así nacieron sus columnas, primero como colaboraciones puntuales y luego con entidad propia en la web. Si alguna vez volviera a comenzar la carrera… joder, la de fanzines y literatura barata que podríamos haber hecho en cinco años…

A Nacho lo conocí una vez terminada la carrera, cuando ambos nos apuntamos a un curso de guión en Salamanca, Universidad Pontificia. Un sacacuartos como otro cualquiera del que ahora me arrepentiría sino fuera porque gracias a él aprendí que no quería ser guionista (al menos no como los tipos que venían a darnos charlas) y porque conocía a gente como Nacho. La casualidad alfabética quiso que Nacho (Serrano) y un servidor (Vela) coincidiéramos en el mismo grupo de trabajo. Nos mandaron sacar adelante un par de series (una comedia-piso de estudiantes y un drama-anticipo-cuarto-milenio) que no terminaron de gustar a los profesores. En fin. Lo mejor es que gracias a ese trabajo tuvimos la oportunidad de compartir, junto con Adrián, con Luisa, con Julián… un montón de tardes divertidas en las que hablábamos más de otras cosas que de lo que finalmente aparecía recogido en el guión. Nacho llamaba la atención porque se llevaba libros de García Márquez y Pérez Reverte para leer en las horas muertas de la cafetería, mientras una chapa pop brillaba en su macuto. Recuerdo, más que las horas dentro de las clases, los paseos al terminar y volver cada uno a nuestro piso de estudiantes. Nacho daba lecciones de música (aunque no lo supiera) y yo apuntaba nombres de grupos y canciones que no había escuchado en mi vida. De aquel año entero que duró el curso de posgrado, la única enseñanza que saqué fue: “nunca debes tirar así trescientas mil pesetas” y “hasta en los sitios más oscuros puedes encontrarte un colega”. Pues eso.

Después, como este mundo es un ‘Perdidos’ real, un seis grados sin fin, resulta que Nacho conoce al hermano de Barreiro o Barreiro conoce al hermano de Nacho (no sé exactamente la relación) pero el caso es que Nacho y Barreiro se conocían de antes y los dos, por distintos caminos, fueron a parar a esta cosa llamada sincolumna.

A Emilio lo descubrí a través de Internet. Yo era un asiduo oyente del programa de Julia Otero en Onda Cero. Cuando se lo quitaron, me dejaron un poco huérfano de tardes y encontré consuelo, o algo, en una página web de Internet en el que se hablaba de ese programa, al principio, pero pronto la cosa desvarió en un foro primero atractivo y finalmente demencial. Emilio era uno de los peces de aquel foro (como también lo fue Manolo, fundador extinto de Apaga ese ruido). La primera vez que hablé con Emilio, lo recuerdo, fue en una especie de chat o algo así en una cosa llamada IRC que nunca más he vuelto a utilizar. Le gustaban los libros y hablar de ellos, y no siempre es fácil encontrar alguien dispuesto a compartir últimas lecturas. Quedamos una vez en una librería y, desde entonces, hace ya cuatro años, no nos hemos vuelto a ver. Somos amigos invisibles o algo por el estilo. Nunca agradeceré lo suficiente a Emilio sus recomendaciones. Gracias a él descubrí a Quim Monzó, primero, y después a Paul Auster. Con Emilio, quién sabe, pude haber coincidido en la Universidad de Valladolid si no me llegan a haber cogido en Salamanca. Quizá todo habría sido distinto, seguramente para peor.

Y Mon. A Mon no lo conozco. Es más, estaría por decir que no hay nadie en esta web que conozca a Mon en persona. ¿O sí? Cuando comenzamos con la aventura esta de sincolumna, seguramente que en el primer número, nos escribió un chaval de Alcalá de Henares que quería participar con sus dibujos. Así nació, desde el principio, la sección sinviñeta y desde entonces Mon es uno de los habituales de esta web de mensajes cruzados por tipos que pasan años sin verse. Estamos pidiendo a gritos una quedada, o algo por el estilo, ¿no?

Pues eso.

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