El dÃa que conocà a Paul Newman
Sucedió hace muchos años durante una excursión del colegio al santuario de Covadonga, en el oriente interior de Asturias. Era el clásico viaje de fin de curso, un dÃa luminoso de junio -lo recuerdo muy bien- en el que el autobús nos dejó a los pies de la cueva que protege a la Santina.
Iba el último –como siempre- en la fila india camino de la gruta cuando me llamó la atención un tenderete junto a la carretera donde una anciana vendÃa navajas de madera tallada de todas las formas y tamaños. Me acerqué hasta allÃ, alejándome del grupo y pasé varios minutos pasando las yemas de los dedos por el filo de las hojas, comprobando la facilidad de apertura, calculando el tamaño de las cuchillas.
Me decidà por una y, al levantar la vista hacia la mujer que atendÃa el tenderete para pagarle, me di cuenta de que a mi lado habÃa otra persona. Le lancé una mirada fugaz, temiendo que fuera uno de los profesores, y entonces le vi.
Era Paul Newman.
Me quedé estupefacto al verle, más que nada porque la noche anterior habÃa visto El Golpe en la televisión y no podÃa creer que estuviera a mi lado.
Sin duda, percibió mi turbación y, guiñándome un ojo, tomó la navaja de mi mano y, mediante señas, le indicó a la tendera que se la cobrara. Asà lo hizo y él me la devolvió con una sonrisa.
- Thank you – le dije – en mi modestÃsimo inglés (habÃa sacado un Suficiente).
Su respuesta fue otra sonrisa. Después echó a andar, se subió en un todoterreno y se fue por la carretera, no sin antes dedicarme el sonido de su claxon un par de veces.
Regresé al grupo entusiasmado, pero ya era la hora de la comida y nadie me hizo caso cuando traté de explicar lo que me habÃa sucedido.
Desde entonces, he seguido la carrera de Paul Newman, -he visto todas sus pelÃculas y leÃdo todas sus entrevistas- con la ilusión de que mencionara nuestro encuentro o, al menos, aquellas vacaciones en Asturias.
Hasta el momento no ha sucedido pero, ahora que se ha jubilado, guardo la esperanza de que dedique su retiro a escribir unas memorias en las que relate lo que sucedió aquel dÃa.
Por si llega ese momento, aún guardo aquella navaja en un cajón junto a la moneda de quinientas pesetas que mi madre me dio aquel dÃa y que nunca gasté, como pruebas irrefutables del dÃa que conocà a Paul Newman
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