First life
La cosa se llama Second Life, o algo por el estilo. Mi radar de nuevas modas lo ha descubierto con varios meses de retraso. Me ha pasado lo mismo que con los jerseys de rombos, los blogs, la música de Nena Daconte o las zapatillas estas que promocionaban los de El Canto del Loco. Cuando me quiero dar cuenta de que algo se lleva, la cosa ya ha pasado a mejor vida. Tengo la teorÃa -posiblemente falsa, como todas mis teorÃas- de que algo deja de ser tendencia cuando lo publica el EPS o cualquier colorÃn dominical. La cosa entonces se democratiza tanto que todo lo que puedan contar allà es algo ya sabido por la mayorÃa cualificada (¿te imaginas a Juan Cruz o Diego Manrique como gurús de la modernidad? Pues eso). La única exclusividad de los magazines está en las páginas de decoración y de moda (y por cuestión de pelas), pero en el resto de contenidos, se dejan llevar por lo que la mayorÃa dice, habla, comenta. En resumen, que cuando yo me entero, medio mundo tiene ya un avatar en Second Life.
Con mi habitual capacidad para desdecirme (tengo ejemplos claros con Amaral o el queso de cabra) dentro de unos meses seguramente tendré un doble cachas y candidato al premio Nobel que lleva mi nombre en el submundo tecnológico. Pero hasta entonces, prefiero moverme, gris e imperfecto, por este mundo que cada dÃa parece más irreal. La incapacidad para encontrar sentido a las matanzas de estudiantes, el funcionamiento de la bolsa, el devenir del euribor o el éxito de RBD (way, ¿o es güey?) empuja a unos cuantos a planificarse un paÃs de Oz con instrucciones en japonés donde poder explicar, paso por paso, por qué cada cosa es lo que siempre quisimos que fuera.
Seguro que el año que viene soy una estrella mediática en aquel universo paralelo que ahora desdeño y miro de reojo -con la extrañeza de lo desconocido- pero, por ahora, prefiero quedarme con mi mundo. Es una mierda, imperfecto, lleno de horarios incompletos y tiempos muertos, pero al menos tiene esa estúpida sensación que tan bien reflejaron en su dÃa los anuncios de compresas. Viva el olor de las nubes y del cocido de mi madre. Viva el color grisáceo de la plaza de mi pueblo. Viva esta vida -aburrida, torpe y fantástica- donde los abrazos no se dan con un control z. Que viva la First Life, proclamo. O como quiera que se llame esta realidad virtual que tanto odiamos y tanto echaremos de menos.
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