Contexto
Ángel Llacer, el actor con un megáfono en la garganta, presenta en La Sexta (esa cadena que pone series, fútbol y monólogos) un programa en el que disfraza a gente famosa para salir a la calle. Los famosos disfrazados hacen chorradas que no se atreverían a hacer si salieran con la careta de fama que se colocan cada mañana. En fin. Joshua Bell, que es conocido en ambientes selectos de perlas falsas y programas de mano arrugados, ha salido a la calle con su violín Stradivarius para dar un concierto-sociológico. Sin careta ni caché. Este tipo es uno de los grandes virtuosos mundiales del violín y cada vez que actúa en esos templos muertos de la música clásica cobra un riñón y medio a los ricachones sedientos de Pretty Woman que acuden a verlo. El otro día, Bell salió a la calle en plan normal, sin pajarita, se colocó delante de una estación de metro en Washington y se puso a conversar con su violín (metafóricamente y tal). Eso tan sencillo, por lo que muchos pagarían fajos de dólares y sonrisas de compromiso, se tradujo en el más absoluto desdén por parte de la gente que pasaba a su alrededor. No le hicieron ni caso. Los viandantes pasaron de largo más pendientes de la prisa que de la música. Y tan bonita situación no me la invento, sino que aparece recogida en los periódicos de estos días. Es lo que pasa cuando bajas del escenario, del pedestal y te juntas con la gente, que puede que no te hagan ni caso o que te ofrezcan café por ochenta céntimos. Y en ese plan.
Lo más bonito de la noticia de Bell, su violín y una boca de metro es que permite que nos hagamos una idea de lo importante y lo peligroso que es el contexto. Todo adquiere un valor (o un demérito) según el lugar en el que te encuentres. O te lo encuentres. Un cuadro de Goya en un mercadillo pasará por una burda copia mientras que lo mismo en El Prado será admirado por miles de personas. Un mal periodista en la Ser o una pésima locutora de informativos en La Sexta (esa cadena que pone series, fútbol y monólogos) puede pasar por fantástica comunicadora. Y un fantástico presentador de emisora local quedará embadurnado por el aire cutre de los decorados y la mala iluminación. Un pésimo entrevistador (y sus pésimas preguntas sobre papá y mamá) tendrá despacho en El País mientras que tipos que saben hacer preguntas lucharán cada día por conseguir de su periódico un par de pilas gratis para su grabadora. Un mal escritor triunfará desde una editorial de fama mientras los poetas sabios alquilarán sus versos por horas para meter algo de choped en el bocadillo. Es lo que tiene el contexto. Hijos de papá que parecen inteligentes, políticos que simulan la cercanía del tuteo, artistas que brillan en el escenario y se confunden con músicos callejeros en el metro. Uno no sabe si esto es culpa del desconocimiento de la mayoría o del tinglado propagandístico de los de siempre.
Pero, como en toda fábula hay un héroe, ahí tenemos a ese niño pequeño y a ese funcionario, los únicos que entre las 1.097 personas que pasaron por delante del violinista se acercaron, escucharon su música, echaron dinero en su sombrero y después gritaron, aunque nadie quisiera escucharles, que el emperador estaba desnudo. Pues eso.
Popularidad: -0%
No hay contenidos relacionados.
