Yo confieso
PodrÃa decir que no he tenido tiempo, pero es falso. En realidad siempre hay tiempo. Lo que ocurre es que a veces está escondido, con los segundos agazapados detrás de las esquinas de la rutina, sonriendo con sus agujas de metal desde los pliegues del calendario, castañeando sus dientes podridos desde el interior del mecanismo de un reloj. Siempre hay tiempo. Siempre.
PodrÃa decir que he tenido cosas mejores que hacer. Pero es mentira. No ha sido mejor la media hora con los videojuegos, los cuarenta minutos del capÃtulo de AnatomÃa de Grey, los cincuenta minutos dedicados a los autógrafos de Zadie Smith o los treinta y cinco que dediqué el lunes a mirar por la ventana con las gafas de sol puestas. Ninguna de estas cosas fue mejor.
PodrÃa decir que la inspiración no me llegaba. Que no me llegaban temas. Pero al final, si insistes, terminan llegando. PodrÃa haber escrito sobre las sombras crecientes del atardecer, los cinco minutos de agua caliente por las mañanas, el ronroneo inevitable de las sábanas recién planchadas, el veto a Prisa, los titulares suerralistas de El PaÃs, los gritos subterráneos de la Cope, el descubrimiento sosegado y agradecido de Punto Radio, el regreso de Hilario Pino, el lunar de tu boca, tus tetas, ese modo con el que sonrÃes sin decir te quiero y esa lengua desagradecida que saborea el helado de después de comer. Siempre hay temas.
PodrÃa decir que no he tenido tiempo ni tema, que ha habido cosas mejores que hacer, pero al final serÃa mentira. Mentira cochina. He faltado estas dos semanas por vagancia. Yo confieso. Y me impongo esta columna como penitencia.
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