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Berlín, contraste y paz

Escrito por santiagoriesco el 21 Marzo 2007 – 16:09Sin comentarios

Viajar por Europa es ahora más barato que ir a ver a los suegros. Las líneas aéreas de bajo coste con billete por internet te ofrecen la posibilidad de conocer las capitales del viejo continente por un precio ridículo. Si a esto le sumamos la querencia natural de los amigos a irse de la patria en busca de nuevos horizontes… pues la cosa está clara, no te queda otra que dejarte caer a su vera para que te acojan, te muestren sus mundos y, sobre todo, te hagan de intérprete-guía en una ciudad desconocida.

Este fin de semana me fui con mi Eva y un grupo de amigos a Berlín, a ver a nuestro hermano Mikel, el sociólogo viajero, el entusiasta y pasional colega capaz de volar con los pies en la tierra.

La capital de Alemania me sorprendió por sus dimensiones. Con una población similar a la de Madrid ocupa una extensión de terreno tres veces mayor. Esto se traduce en menos altura de los edificios y en unas avenidas enormes, en multitud de plazas “tamaño hijoputa” (que diría mi amigo) y en una sensación de paz, quietud y tranquilidad que a un madrileño le resulta anormal.

El transporte y las comunicaciones también me han encantado. Tren, metro en superficie, tranvía, metro subterráneo, miles de kilómetros de carril bici, autobuses, barcos en los canales, taxis baratos… y todo pensado para que el peatón sea el dueño y señor de la ciudad, para que el coche no tenga sentido en Berlín, para evitar los atascos, para silenciar los claxon. Berlín, en serio, transmite una paz que ignoraba por completo.
El tema de los monumentos es más conocido, sólo quiero recordar la sensación de angustia que disfrazamos con bromas y risas al pasear por el interior del memorial en recuerdo del holocausto judío. La sucesión de bloques de cemento te hacía caminar con cautela por si te cruzabas con alguien. Impresionante.

Y los contrastes. Si en Madrid puedes pasar inadvertido, lo de Berlín es alucinante. Además de ser común comer andando y beber cerveza incluso en el metro (en botella de cristal) la gente viste como le da la gana. Te encuentras tipos trajeados con pelos verdes, tatuajes inverosímiles, zapatillas de distinto color, vestidos de grandes firmas y chándal combinado con chaqueta cruzada. Espectacular. Lo mismo que la vida cultural de la ciudad. Todo está en movimiento, por la noche también hay gente creando y disfrutando del arte. Cines y teatros en casas que parecen decoradas por un grupo de vándalos, centros comerciales que parecen auténticas catedrales de cristal, galerías de pintura y escultura en los sitios más inverosímiles, restaurantes con exposiciones, cafeterías con tertulias y miles de publicaciones de una especie de bohemia que recuerda, en cierto modo, la movida madrileña de los ochenta.

Sin duda, Berlín es una ciudad para vivir, una ciudad humanizada donde habita la paz que favorece los contrastes de la libertad. Hay que volver.

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  1. Querido tío Matt

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