El olvido del pasado
El viernes me encontré un tesoro en un cajero automático. Alguien, quizá con las prisas de quien llega tarde al trabajo o el despiste de quien va pensando en un saldo cada vez más exiguo, se dejó olvidado un pequeño paquete junto a la boca que escupe dinero y recibos caducos. Al principio no me atrevà a tocarlo y tecleé mi número secreto con cuidado de no posar mis dedos en el paquete. No estaba envuelto, aunque habÃa una especie de papel que tapaba el contenido. Mientras esperaba que el cajero me imprimera los últimos saldos y/o movimientos me fijé mejor y descubrà que era un libro. Estaba forrado. Lo cogÃ, lo hojeé y vi que se trataba de ‘El pasado’, una de las novelas más maravillosas que he leÃdo en los últimos años.
Cogà el libro, agarré el lomo con la mano derecha y pasé el pulgar de la izquierda por encima de las hojas. Una por una fueron cayendo de un lado para otro hasta que el recorrido se paró más allá de la mitad. Allà habÃa un marcapáginas que funcionaba como un freno para la imaginación. Era una tira de papel cartón peciosa, una reproducción de ‘Las bañistas’ de Pablo Picasso. “Museo Pablo Picasso, Málaga”, era lo único que podÃa leerse en el revés del marcapáginas. Ninguna pista más. El libro tampoco estaba subrayado, aunque supongo que aquella señal mostraba el lugar hasta el que habÃa llegado el lector. Y no pude dejar de pensar en él como el montañista que comienza la escalada de una montaña y se pierde a mitad del camino, embobado con los paisajes que acaba de ver e ignorante de las maravillas que le quedan por descubrir. Inútil, acaso, de dibujar en su mente el camino de retorno.
Salà del cajero a toda prisa y miré a ambos lados de la calle, intentando localizar, entre los abrigos y corbatas, al propietario del tesoro. Nadie mostraba la sensación de haber perdido algo. Al menos algo valioso, más allá de los diez minutos atrapado en el atasco. Nadie hacÃa intención de regresar al cajero a recoger su libro. Y nadie, ni mucho menos, aparanteba desasosiego por haberse perdido el final de una gran historia. Como último intento agarré el libro con la mano derecha, lo levanté un poco y lo sacudà a la altura de mi cara. Reacción cero. Decidà entonces guardármelo en el bolso, volver a casa y allÃ, quizá en el sillón más cómodo del salón, emprender la lectura justo en el lugar en la que el desconocido lo habÃa dejado. Picasso me mostrarÃa el camino.
Leà las cien páginas que quedaban como si estuviera haciendo a alguien un gran favor, como quien da de comer a un enfermo o lee un cuento por la noche a los niños que aún no han aprendido a disfrutar por si solos de la imaginación hecha palabras. Al terminar el libro, guardé el marcapáginas justo en el lugar en el que lo habÃa encontrado y dejé ‘El pasado’ en la estanterÃa, justo al lado del ejemplar que me compré hace dos años.
Ya en la cama pensé que al dÃa siguiente volverÃa al cajero por si alguien habÃa dejado un mensaje reclamando el libro. Si no fuera asÃ, se lo regalarÃa a alguien. En mi lista pensé que a Emilio JB le gustarÃa tenerlo. El libro y quizá también el marcapáginas. Después me abandoné al sueño. Y en mis pesadillas no dejaba de aparecerse el billete de 20 euros que dejé olvidado en la boca de aquel cajero. A la mañana siguiente desayunaba convencido que habÃa salido ganando con el cambio.
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