Scalextrix
Los Reyes Magos siempre eran más generosos con los vecinos del Cuarto D. Cuando esa mañana bajábamos todos los chavales del edificio para estrenar los juguetes en el portal, mis ojos se desviaban siempre hacia el coche teledirigido, el tren eléctrico, el scalextric de doble altura que Melchor y compañÃa habÃan dejado tres pisos más arriba. En el año 1984 eché la bronca a mi padre por comprar un primero en lugar de un ático. “Los Reyes comienzan el reparto de juguetes por donde les pilla más cerca. Van dejando los bultos más grandes en los pisos más altos (el cuarto, el tercero) y asÃ, cuando llegan al primero solo quedan las migajas, los juguetes que pesan menos”. En 1985 le dije a mi madre que querÃa que me adoptara MarÃa Eugenia, la vecina solterona del Cuarto F, que regalaba caramelos cada vez que me cruzaba con ella en la escalera o en la pared de los buzones. En 1986 recé con todas mis fuerzas para que ese año los Reyes empezaran, como deberÃa ser lógico, por el primero. Y luego el segundo. Y el tercero. Y que cuando llegaran al final, los del Cuarto D se llevaran los libros, los puzzles y el parchÃs que ese año me tendrÃan que haber correspondido a mÃ. Yo me quedarÃa, claro, con la super pista TCR y el cinexin.
La noche del 5 de enero de 1987 no pude dormir de los nervios. Daba vueltas en mi cama, rebozada en sábanas de franela, pensado únicamente en una cosa. Ese año habÃan instalado un ascensor en el edificio. Era fantástico. Sus Majestades montarÃan en él y llegarÃan menos sofocados al primero. Mi madre, por ejemplo, resoplaba menos ahora al volver de la compra y habÃa dÃas que traÃa dos kilos de naranjas en lugar de uno porque podÃa cargar con ellos sin tanta fatiga. Melchor, Gaspar y Baltasar no podÃan ser menos. Y ahora seguro que no les importaba cargar cuatro pisos abajo con el barco pirata de Playmobyl. Aquel año volvió a caer un libro, un puzzle y dos pares de calcetines. En 1988 descubrà que los Reyes eran los padres y recuperé la fantasÃa de que me adoptara MarÃa Eugenia, la del Cuarto F.
El pasado sábado me crucé con Antonio por el pasillo. Antonio es el segundo hijo de la del Cuarto D. Un chaval de mi edad que el pasado mes de noviembre se fue de casa de sus padres y se mudó a un edificio dos manzanas más allá. Buenas tardes, le dije. Buenas tardes, me dijo. Él, lo sé, no dejó de mirarme mientras pensaba en lo rápido que pasa el tiempo. Yo me quedé absorto en la bolsa que llevaba en su mano izquierda. Detrás de las letras transparentes del Carrefour pude ver cómo se transparentaban los carriles desmontables del scalextric. “Es que estoy de limpieza”, comentó. “En la nueva casa no me cabe todo y ya era hora de tirar todo esto, que hace años que no funciona”. “Claro, claro”, dije. Nos despedimos. Él fue para su nueva casa, dos manzanas más allá. Yo subà las escaleras hacia el pisode mis padres. El Scalextric cayó como una losa al fondo del contenedor.
Nada más entrar en casa, fui corriendo a mi dormitorio y allà estaban, colocados, uno junto al otro, los libros de Los Cinco. La colección completa. Y los Tintines. Y El pequeño Nicolás. Y un libro fantástico que se llamaba El Misterio de la isla de Töckland que me leà esa misma tarde de un tirón mientras de fondo escuchaba el runrún lastimero y afónico de unos cochecitos abandonados.
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