Casas
Cada vez visitamos menos las casas de los amigos. Preferimos el terreno neutral para las caás, para las confidencias de café y cigarrillo y las tardes en las que el fin del mundo (y la semana, o sea) se camufla en un partido de fútbol. Hace años las casas de los amigos eran el lugar en el que jugabas la Imperio Cobra mientras la madre de tu colega te invitaba a un bocadillo de Nocilla, donde echabas una partida a la primitiva Nintendo con un Mario de neandertal y donde jugabas al quimicefa mezclando vino y cocacola en una probeta preetÃlica. Las casas de los amigos eran terreno abonado para el botellón de invierno y zapatillas, los trabajos a ordenador a. I. (antes de Internet), las citas a cuatro bandas y los mundiales de fútbol esperanzados.
Ahora tus amigos viven en casas que parecen las de tus padres. Son casas de matrimonio joven, con posavasos en la mesita del salón y papel higiénico de repuesto en el baño. Tus amigos te invitan a su hipoteca para ver el álbum de fotos de su boda o enseñarte la habitación que están preparando para el bebé. Ya no hablas de juegos de consola, de Butragueño, de Stoichkov. Ahora le ha llegado el turno a los euribor, los contratos indefinidos, el viaje prometido a Katmandú y el chaval, que mañana tenemos que madrugar. Todo se ha vuelto más aséptico y aburrido. En ese plan y tal.
Cuando tenga mi casa, mi propia casa, me gustarÃa que estuviera siempre llena de gente. Ahora lo solucionamos casi todo por el messenger, el teléfono, el móvil y sus sms. El timbrazo en el portal de casa se ha sustituido por las llamadas perdidas y toda cita es fijada en el portal de la esquina, la más cercana al salón comedor de alguno de los dos. Cuando tenga mi casa, me gustarÃa que estuviera siempre llena de gente. Prometo tener el frigorÃfico lleno y los horarios vacÃos. Además, siempre me gustó ese olor a esperanza y cerveza frÃa que despide, ding dong, el timbre de una puerta.
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