Camerinos
La ciudad se recoge como esa actriz de provincias que, al terminar la función, busca por el escenario los pedazos muertos, las escamas de su personaje, y ahora se desmaquilla sin ganas frente a un espejo tramposo, con las bombillas rotas a su alrededor. Terminada la farsa, declamado lÃnea por lÃnea el discurso amargo que alguien puso en sus labios, la actriz pasa un algodón por sus ojos y se quita la pintura superflua, el colorete excesivo, el lunar impostado que el director pensó que le sentaba tan bien a su personaje.
Asà se comporta la ciudad, con la languidez habituada de la actriz que termina su papel y se asoma a la soledad de una madrugada sin aplausos. Atrás quedan los focos y la fiesta del escenario, atrás la réplica entusiasta del actor secundario y el bravo tÃmido del espectador de la quinta fila. Atrás quedan los arcos que parpadean, las alfombras rojas en los comercios, los buenos deseos de año nuevo y los árboles con abrigos de espumillón. Atrás los belenes vivientes y los pavos moribundos, los conciertos de villancicos y las cenas cocnertadas, los papánoel que cuelgan de los balcones y los sms borrachos de felicidad. Atrás queda la fiesta de las navidades, y la ciudad, como la actriz de provincias, se despide de la farsa con la complicidad que brinda las últimas horas del dÃa.
Se hará de dÃa. Y la ciudad se mirará al espejo con resaca y la cara limpia. Fuera del escenario, sin los tacones y el maquillaje, parece más fea, más triste, más idiota huérfana de esas réplicas perfectas a las que obligaba el guión. Sin el disfraz de su personaje, sin el traje de luces navideñas, la actriz parece más estúpida y la ciudad más melancólica. Regresó la bendita normalidad. Y la mañana son solo ecos de fuegos artificiales.
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