Sueño de ventana
Ahora que los relojes nos encogen los días, ahora que para ducharse hay que mirar el contador de reojo, ahora que no nos dejan vivir tranquilos, ni el Atleti ni la nicotina, anochece en mi ventana.
Mientras, juego al parchís sin quitarme el pijama; mientras, leo del tirón lo de “Julio y Laura”; mientras, las hojas alfombran de crujidos las aceras de mi calle de zarzuela y anochece sin tregua tras los cristales sucios de mi ventana.
Después iré de paseo agarrándome a mi Eva, después tomaré un café en la Atalaya de mi recreo, después y sólo después, prepararé la cartera para ir al trabajo mañana; después, cuando la noche se acurruque sobre la carcasa del aire acondicionado debajo de mi ventana.
Entonces se iluminará la pereza días atrás cultivada, entonces volverán las musas a revolotear por la pantalla, entonces lucharé contra los mocos con tres efervescentes y un nórdico de sudores chorreando vapor en mi ventana.
Y ya no habrá tiempo de mirar la hora, no habrá un momento para escuchar la radio, ni siquiera un tiempo muerto (o suicidado) para reorganizar la mesa, un tiempo propicio para cosechar ideas planas, yermas, inertes, en los cigarros de difunto aspirados al anochecer en el alféizar de mi ventana.
Entonces, después, ahora y mientras. Suena el móvil y no lo cojo. Llegan correos que no respondo. Pienso en los atascos del cementerio y me hago el muerto. Pienso en la resurrección del fin de semana, en recuerdos de infancia que huelen a naftalina, en el calvo de la lotería esperando la cola del paro, en la noche oscura que me ilumina el alma cuando bajo la persiana onírica de mi ventana anochecida.
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