Cambió
Al final me la han cambiado. Intenté resistir, como se resistÃan las marujas de los anuncios ante los tipos con traje y gafas de pasta que querÃan colocarles dos detergentes nuevos por el precio de uno, viejo. PretendÃa aguantar, y pretendo, pero no hay manera. Me atrinchero en la esquina más oscura de la barra, con una cerveza como munición y en el bolsillo un calendario lleno de muescas. A las tres en punto, ni un minuto antes, giro la manecilla del reloj y me regalo esos sesenta minutos que nunca quise haber cogido. El mundo a mi alrededor parece una cinta en rewind, como si la noche fuera un bucle, un repertorio de gestos circulares, de palabras repetidas y canciones que suenan, de nuevo, a Bisbal (bueno, porque quizá son de Bisbal). Cuando el reloj marca las segundas dos y cuarto, me doy cuenta de que son como las dos y cuarto de antes, aunque ahora ya hay un poco más de sueño, una hora más en la maquinaria japonesa de mi reloj –y también en vida, glups- y una cerveza menos en la barra. Más de lo mismo, en fin.
Salgo a la noche sin saber si seré capaz de reconocer las sombras perezosas de las tres, rejuvenecidas ahora con un lifting temporal, porque las agujas funcionan como bisturÃes y arrancan las arrugas, los pliegues descuidados que dejan en la piel los minutos y segundos perdidos. Atravieso la ciudad con los relojes de la calle parpadeando grados imposibles y horas aún sin actualizar. Camino por un tiempo imperfecto que se debate entre las dos y media de mi muñeca y las tres y media del poste con carteles y pegatinas de la Once. Cuentan que los trenes de Renfe, para ajustar horarios en estos dÃas inciertos, cuando dan las tres se quedan parados en mitad de la nada, en las vÃas torpes que atraviesan como cicatrices los campos horizontales de Castilla, y que los pasajeros duermen o leen entre los cristales iluminados, como si fueran las estrellas invitadas en el escaparate de una morgue. Me veo andando por la calle y me imagino en el asiento anaranjado de un regional, en un vagón que huele a calefacción y destinos imposibles, quieto en mitad de la noche mientras el mundo gira y mi destino continúa igual de lejano, a cientos de kilómetros y una hora más allá. Me veo andando por la calle como un turista borracho de jet lag (demasiadas cervezas, me digo). Me veo andando por la calle mientras esquivo los cÃrculos de luz de las farolas, trazados imperfectos por un delineante nervioso e impaciente, y que esta noche tendrán que lucir una hora más que de costumbre. Me veo andando por la calle como quien atraviesa un calendario de trampas camino de una cama que se escucha lejana y frÃa. VacÃa. Y en esto van a dar de nuevo las tres. Otra vez. Y uno empieza a sentir el peso incómodo de las horas en su espalda.
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