África turística
Viajar al continente africano es toda una aventura. Los aeropuertos son como estaciones de bus en mitad de la meseta castellana. La corrupción y el trinque están a la orden del día. Si tienes el estómago suficiente para acompañar cada acción burocrática y mecánica con un dólar, ni te abren la maleta, ni tienes que pasar por el arco de seguridad, ni tan siquiera tienes que esperar una interminable cola de turistas como tú, remisos a integrarse en la cultura de la mordida y la coima, del soborno y el chantaje institucional.
África es preciosa. Al menos los parques nacionales de la Kenya salvaje y la isla tanzana de Zanzíbar. El Monte Kenya y sus 4.999 metros de altura, -casi en la raya del Ecuador- los cientos de miles de cebras, ñus, gacelas y bisontes cruzando el río Mara atestado de cocodrilos, el atardecer con la gran bola de fuego incendiando la sabana donde se recortan las siluetas de jirafa en el horizonte. Una auténtica maravilla salvaje que han sabido conservar para el disfrute de los amantes de la naturaleza.
Las carreteras son simples referencias para indicar el camino a seguir. El asfalto es tan fino que no existe en la mayor parte de los tramos. De ahí que los camiones y los coches circulen junto a ella, nunca sobre ella. Lo de menos es que en Kenya y en Tanzania los vehículos vayan a la inglesa; todo es posible en un viaje africano: adelantar en un cambio de rasante por la derecha y por la izquierda, al mismo tiempo, a un camión mientras otro viene de frente, parar en mitad de la calzada para echar un pis, encontrarte una barrera con un control policial en mitad de la nada para pedir papeles y ver si le rasca unos chelines al conductor… casi tan exótico como el safari fotográfico.
Zanzíbar es el paraíso. La capital, Stone Town, vio nacer a Fredy Mercury, allí vivió el Dr. Livingston. Sus 51 mezquitas, el palacio de los deseos, las puertas de madera labradas hasta la extenuación, el mercado de especias y las playas de fina arena blanca bañadas por el Índico transparente, turquesa y coralino. El sol se hundía cada noche frente a mi hamaca y me sorprendía probando el cóctel del día.
Hoy he comenzado, después de un mes, a trabajar.
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