Oca
Si fuera ajedrez al menos podrías soñar con la jugada de una reina saliéndote al paso desde el lado oscuro del tablero. Pero los cuadraditos del calendario se deslizan como casillas del juego de la oca, con calabozos rojos y semanas desbocadas que atraviesas porque te lleva la corriente. Todo con la milimetrada estrechez de las reglas. Tiras el dado los lunes y avanzas el resto de la semana arrastrando tu ficha por el tablero. Un día tras otro. Tras otro. Tras otro. Ni siquiera cabe la estúpida sensación del parchís, de cruzarte con otros jugadores y entablar conversación en la doble barrera de un bar, de formar parte de un equipo que comparte guaridas de color o ese túnel final que lleva camino de la casa, del punto final, y que parecen las escaleras mecánicas del metro o de un centro comercial con el alma congelada por el aire acondicionado.
Todo tan repetitivo como tirar y avanzar. Tirar y avanzar. Tirar y avanzar. El único respiro, la única licencia son los segundos que pasa el dado en el cubilete, cuando todo es posible, cuando agitas el azar con los ojos cerrados y la esperanza se da golpes ciegos en el cilindro de plástico. Es entonces cuando puedes detener el tiempo, intentarlo al menos, prolongar esa sensación de que todo es posible, de que quizá salga el seis, de que esta será tu jugada, tu partida, tu oportunidad para ganar. Segundos eternos para soñar con que, a lo mejor, esta vez es la tuya. Detén el tiempo en el sueño, te dices, porque la partida será aburrida, como bien sabes, como siempre, como todas. Y tiro porque me lleva la corriente.
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