Relaciones humanas
Tenemos los seres humanos la maldita costumbre de hacer difÃcil lo fácil, de complicarnos la vida más de lo necesario.
Con lo sencillo que es llamar al pan por su nombre: pan, y al vino por el suyo: vino. La de problemas absurdos que evitarÃamos, la de confusiones que no se generarÃan, la cantidad de malentendidos que ahorrarÃamos y las energÃas que podrÃamos utilizar para disfrutar de la vida. Pero nada, oye, que nos empeñamos en rizar el rizo, en buscarle tres pies al gato y en marear la perdiz.
Lo suyo serÃa que, llegados a este punto introductorio del texto, me marcase un par de ejemplos genéricos que pudieran servir al sufrido lector como referencia plástica del tema abordado. Pero no me da la gana. Asà de claro.
Más que nada porque todos recordamos algún momento de nuestra monótona y gris existencia en el que se nos ha hecho un nudo en algún lugar indeterminado del inconsciente porque no hemos sido capaces de llamar por su nombre a la situación que nos amargaba, que nos deprimÃa, que nos causaba tal ansiedad y parálisis interior que nos convertÃa en seres agrios y antipáticos, desconfiados, cicateros y maledicentes.
Comiendo el otro dÃa con unos compañeros alguien hablaba de la importancia que, poco a poco, le estamos dando a las relaciones humanas. HabÃa opiniones para todos los gustos. Algunos justificaban el crecimiento imparable de todo tipo de productos editoriales y servicios profesionales orientados a mejorar el trato y la comunicación entre personas: parejas, padres-hijos, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, ciudadanos… vamos, que la demanda es tal que si uno quiere forrarse el riñón para los restos sólo tiene que montar un cursillo de la cosa o lanzar una revista con consejos útiles para que el buen rollo reine entre nosotros.
Después de tan ilustradora conversación, ya en el coche de vuelta a casa, no pude menos que apagar la radio y darle vueltas al coco sin reparar en que me habÃa saltado dos o tres semáforos. Me preguntaba si nuestros antepasados –los propios abuelos, sin ir más lejos- también se preocupaban por estas cuestiones. Entonces me entró tal desazón… que no me quedó otra salida. Volvà a encender la radio, presté atención a las señales de tráfico y decidà no volver a perder el tiempo en pensar sobre sandeces de tal calibre al tiempo que me juré hacer un curso para hacer amigos sin eufemismos.
Tengo cita con el psiquiatra a las cinco.
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