Hospitales de colores
A veces, como todo hijo de vecino, tengo que ir a un hospital. Y no me gusta. Me incomodan estos macro talleres humanos cuando tengo que ir de visita, no me agrada tener allà a ninguno de mis seres queridos; ni siquiera me tranquilizan cuando tengo que ir de urgencia a que me hagan un zurcido, me suelden un hueso o me chequeen con sus ultramodernas pantallas digitales para localizar el desajuste en la siempre sorprendente maquinaria corporal. Y eso me incomoda. Me explico: Odio odiar los hospitales.
Y es que es entrar en un complejo sanitario y venÃrseme un vahÃdo a lo más hondo del estómago por culpa de olores y colores que a fuerza de repetirse asocio con el dolor propio y ajeno, con la indiferencia de unos profesionales que algún dÃa estuvieron vocacionados, con la burocracia de papeles en los que sólo consta un expediente frÃo y protocolario.
Esta semana me ha vuelto a tocar. Era un hospital distinto, en otra ciudad. El verde pálido y mustio, las tristes y blancas paredes de aséptico y esterilizado material, daban paso a un azul intenso combinado con verdes esperanzados. OlÃa a manzana en aquel lugar. ParecÃa que nuestro enfermo era importante, cada dÃa le nombraban en la salita donde esperábamos para poderle visitar. Estaba en una habitación para él solo, le daban a elegir menú para comer y cenar. El médico informaba sin aspavientos, ni atisbos siquiera de una brisa de superioridad. En la planta familiares y enfermos disponÃan de un lugar en el que poder ver la tele, echar la partida o simplemente conversar.
La mejorÃa de nuestro ser querido no se hizo esperar. Pareciera que con estos detalles de cercanÃa, de humanización, de volver a la esencia del curar, le hicieran tanto o más efecto que toda la maquinaria industrial. Como si el bálsamo de la atención personal, el poder usar el pijama con el que en casa toma la leche antes de cenar, la ausencia de teléfonos móviles, los grandes ventanales de luz desde los que se veÃa el monte y la ciudad, el orden y el sentido común, la información puntual, los paneles explicativos, el colorido en los uniformes del personal… como si todos estos detalles, digo, fuesen tan importantes o más que la pastilla sublingual, los análisis estadÃsticos de su ritmo cardiaco o ponerle nombre a su enfermedad.
Espero que no haya sido la excepción, confÃo en que todos los centros de salud caminen firmes hacia este modo de actuar. Quisiera creer que esta experiencia me ayude a dejar de odiar, a ver en los hospitales un lugar donde te ayudan a mejorar, donde el enfermo es lo más importante, donde el principal tratamiento sea esta terapia de humanidad.
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