Zapatillas
Querido espermatozoide:
Del mismo modo que los animales, hay prendas de vestir domésticas y salvajes, pantalones o camisetas que podemos sacar sin temor a la calle y otros que no dejamos sueltos en la selva cotidiana, ante el temor de que acaben muertos, pobrecitos.
Del mismo modo que los dueños de mascotas sacan a su perro de vez en cuando a pasear para que haga necesidades, mis zapatillas de andar por casa están directamente comunicadas con mi vejiga para que cada cierto tiempo me obligue a
ir al baño y que ellas también puedan dar su paseÃllo liberador. Mis zapatillas de andar por casa son tan cómodas que muchas veces los pies se me duermen dentro de ellas.
Pero hoy, al ponerme las zapatillas, me he dado cuenta de algo curioso y es que las tengo muy rotas. Mis zapatillas no han salido a la calle, al mundo exterior, desde el momento en que las rescaté de una caja de mercadillo. Nada de nada. Lo más salvaje que conocen es el felpudo, la aduana que separa mi casa del resto, del más allá. Y están rotas. Mis zapatillas, que no han salido de casa, están más machacadas que los zapatos que a diario se patean varios kilómetros, que en ocasiones pisan charcos, que se empantanan en los suelos de bares un viernes por la noche, que se muestran inquietos en las alfombrillas de un taxi con la calefacción a tope y la cope a tutiplén, que estornudan con su alergia a la moqueta verdecilla de la antesala del despacho del alcalde, que sortean colillas y gargajos en los suelos pucelanos y de vez en cuando se han visto atacados por un chicle traicionero. Mis zapatos han sufrido mucho, sufren
mucho cada dÃa, y sin embargo duran más que unas zapatillas de andar por casa
que, tan señoritas ellas, se me han empezado a romper sin saber yo cómo. ¿Envejecerá el aburrimiento? ¿El no salir de casa? Es curioso. Hoy bajaré a tirar la basura en zapatillas.
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