Cama de espinas
Querido espermatozoide:
Cada vez que un faquir se asoma desde la esquina de mi televisor cierro los ojos para que las agujas no traspasen la pantalla y se me claven en las retinas. Las agujas siempre me han dado miedo. Sobre todo las de los relojes. Pero también esas armas mortÃferas con las que malcosemos botones suicidas y zurcimos calcetines cansados de tanto andar. Cada vez que un faquir se asoma al balcón de mi televisor, cierro los ojos.
Nunca he entendido ese placer por tumbarse en una cama de espinas. Uno intuye que detrás de tanto masoquismo descansa un cheque con varios ceros, que es lo que los faquires (al menos los de la tele) utilizan como cómoda almohada. O al menos, como funda para su colchón de rosas muertas. A mà siempre me ha gustado dormir sin tijeras apuntándome a la espalda. Qué le voy a hacer, me gusta la comodidad.
Desde esta cama de gomaespuma, desde un colchón que sabe de memoria cada pliegue de mi cuerpo, te escribo, querido espermatozoide, para dejar constancia de que soy un cobarde, de que procuro evitar el dolor con requiebros de cintura, de que suelo abandonar al primer pinchazo, de que cierro los cuando un faquir sale por la tele o el miedo enseña los dientes al otro lado de la esquina. Desde los algodones te escribo para que no me imites, para que no le tengas miedo al miedo, para que no huyas de las amenazas, para que mires para otro lado cuando el abismo te rete con su mirada. Siempre que puedas, salta, aunque te caigas.
Cuando se presente la oportunidad, habla, aunque tus palabras no siempre sean bien recibidas. Cuando veas una cama de espinas, prueba a echar una cabezada. Ponte lÃmites, pero nunca lo hagas antes de haber probado y empezado. FÃjate dónde pisas, querido espermatozoide, pero nunca, nunca, te olvides de caminar.
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