Hoteles
Esta vez es un hotel con encanto. No hace falta dormir con mosquitera, ni rociar las esquinas con matabichos ni, por supuesto, ahuyentar con el humo de las espirales el oxÃgeno enlatado de la habitación. Tengo que abrir el balcón.
En esta ocasión el hospedaje tiene una constelación de estrellas bajo el nombre. Forma parte del conjunto histórico artÃstico de una ciudad patrimonio de la Unesco.
Hay dos grabados en la pared con escenas del califato Omeya, de cuando Córdoba era musulmana y no existÃa Al-Qaeda. La televisión es grande, casi como la de mi casa. Se ven dos docenas de canales. Tengo que aprender inglés.
Tiene pleiesteision, un surtido minibar, dos camas para mà solo y un armario con espejos que ocupan toda la pared. Tengo que volver, pero con mi Eva.
El baño es enorme. Nada que ver con aquellas duchas inmundas en las que el agua caÃa directamente sobre la taza del báter.. Aquà no hay hormigas, ni plantas que entran por el ventanuco de la habitación. Detrás de la puerta tampoco hay un papel ajado con una fecha manuscrita que recuerda la última fumigación. Nada que recuerde la fiebre amarilla, ni el dengue, ni la malaria de un mosquito traidor. En su lugar un plano de metacrilato señala, en caso de incendio, el modo de evacuación. Tengo que dejar de fumar.
El suelo es de madera. Tonos oscuros en contraste con tanta iluminación. Hasta seis lámparas cuento en la estancia de las camas. Dos en el recibidor. Otras cuatro en el apartado del aseo. Ducha, bidé, lavabo enorme, el trono de diseño y hasta un secador. La cesta con chucherÃas de droguerÃa nada tiene que ver con la falta de jabón. Tengo que arreglar los baños de casa.
Hay cocina las veinticuatro horas, canales de pago por visión; es posible navegar por internet, que te suban el desayuno a la habitación. Por la mañana me encuentro el periódico en la puerta, la recepcionista no deja de llamarme señor. Sin querer añoro la baldosa frÃa, el calor de los compañeros en torno al ron. Las risas, los juegos, las bromas, el susurro cómplice de una confesión.
Llueve en el barrio judÃo de Córdoba, el dÃa no está muy católico. El hotel califal se me antoja una cómoda celda de Soto del Real. Va quedando menos para volver a respirar
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