La palabra
No acostumbro a guardar correos electrónicos, pero el otro dÃa encontré uno que me envió hace unos años mi admirado VÃctor Vela. En él me contaba su teorÃa acerca de la comunicación, de las relaciones, de la importancia de la palabra para mantenernos en contacto, para conocernos, para querernos, para odiarnos, para saber algo más de las entrañas del contrario, del prójimo, del hermano.
Hablaba de la necesidad de encontrar historias, de cómo nos hemos ido forjando a través de los relatos de nuestros padres, de nuestros profesores, de la tele, de nuestros amigos. Ahora –decÃa VÃctor- cualquiera puede encontrar la historia que busca utilizando internet. Y las hay de todo tipo: morbosas, estúpidas, informativas, graciosas, deleznables, sorprendentes, aburridas y mágicas. Sin embargo él insistÃa en la importancia que tiene el contar las cosas, el sello personal que, sin quererlo, cada uno de nosotros imprime a su modo de narrar. Quizá por eso –reflexionaba en su correo uvevela- hay gente a la que le gusta leer la realidad contada de un modo concreto. Al estilo Héctor Jiménez, o al modo Imelda Hernández, según Gorka DÃez, por Nacho Serrano o en plan David Barreiro o Emilio JB . Podemos estar de acuerdo o no con su postura frente a la vida, pero nos gusta leerles, nos gusta saborear sus palabras, su modo de presentarnos la realidad.
La palabra, no me cabe ninguna duda, sigue siendo un arma cargada de futuro. La palabra, dependiendo de cómo se use, puede herir más que tres puñaladas en un callejón oscuro o erizarnos la piel como una caricia de edredón en la nuca.
PedÃa Juan Ramón Jiménez al dios de las palabras que le diera el don preciso para elegir adecuadamente los verbos, sustantivos y adjetivos que expresaran exactamente lo que sentÃa.
Desde cada esquina de sincolumna no es difÃcil oÃr la respiración de las palabras; basta con leer sin prejuicios y olvidar que son palabras regaladas.
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