No he venido aquí a hacer amigos
No he venido aquí a hacer amigos es el primer libro de Jaime que se puede comprar para gozar en cualquier librería decente. Lo ha editado Lengua de trapo, aunque su prosa es de un acero afilado. El bueno de Jaime comienza su relato matando a Bruno, su jefe, un nombre tan familiar como recurrente para los que nos criamos en la madrileña plazoleta de Las Musas, esa donde nuestros juegos de infancia se han cambiado por un parquin de utilitarios.
Jaime era el genio del barrio, un tipo peculiar de corazón aquilatado, con una cultura anormal para un chico de arrabal, con inquietud por los idiomas, acostumbrado a viajar. Suyo fue el primer ordenador que vimos los de la calle, un ZX Spectrum con 68 kas que cargaba los juegos lentamente en unas cintas de caset chirriantes. Su casa era un museo, su familia deliciosamente educada, no había quien le sacara del chándal. Eran los años ochenta, cuando las madres daban voces por las ventanas, cuando jugábamos en la acera a las cartas, cuando aún íbamos al cole aunque a él le sobraba.
La vida me llevó a tierras riojanas, desde allí cruzábamos algunas cartas. Jugábamos a las bes y las uves, la adolescencia se volvía un bullir de complicidades. Después salió para USA. Yo andaba por Navarra. Parecía que nos distanciábamos, pero no perdíamos el contacto. A su regreso entró en la fase cocacola, se tomó en serio lo de cuidarse después de un par de avisos que le dio su cuerpo.
Volvió a USA de nuevo a terminar sus estudios. Yo andaba entre Perú y Salamanca, coincidíamos algún verano, en navidades nos llamábamos. Hasta pedí permiso en el trabajo para estar presente en aquella boda.
La vida nos ha cambiado. Jaime es consultor informático y será un gran novelista. Yo soy un gris periodista que aún cree en la fraternidad universal, en la utopía del buen rollo y en ir de acá para allá con la ilusión de seguir haciendo amigos. El problema viene luego al conservarlos. Tendré que hacer un cursillo de Cuidado y Mantenimiento de Amistades sin Forzar Situaciones.
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