Mesita
Cada madrugada, miro de reojo la mesita de noche que no tengo. Con miedo. Sobre ella toman el sol del flexo un actor mudo de bigote expresivo y un escritor viudo, un grupo enterito de hooligans de un equipo inglés dispuestos a dejarse la garganta con cualquier gol o insultando al pobre vasito de agua que plácidamente duerme a su lado, un médico de pianos. En mi mesita de noche, pavor me da sólo de mirarla, descansa un emperador de la Edad Media preparado para que una de mis pesadillas lo autorice a salir de cruzadas. Mi mesita de noche, tan grande y tolerante es, que permite que junto a las gafas de lejos dormite un marinero moderno que, entre conquista y conquista, busca un momento de descanso para localizar un tesoro sumergido. En mi mesita de noche cohabita un abogado sin escrúpulos con una niña anoréxica, una familia decente con un loco caballero hidalgo, un ministro sin cartera y una caperucita sin leñador. Mi mesita de noche es como una Rue 13 del Percebe sin derecho al desahucio y en permanente régimen de alquiler. Los vecinos de mi mesita acostumbran a instalarse allà no más de tres semanas, cuatro a lo sumo… no suelen llegar a mes vencido porque procuro no dejarles. Les suelo dar un margen de tiempo para que, poco a poco, vayan recogiendo sus parrafos y preparen la mudanza a la estanterÃa, ahora sin sitio. O mejor aún. Que dejen la mesita de noche para meterse en mi cerebro. Asà que dentro de nada, espero, mi cabeza estará llena de hooligans ingleses, de emperadores medievales, de piratas de última generación y abogados con cartera de cuero, de pianos bengalÃes y malabaristas de palabras, que hacen trenzas en el aire con tres bolas de sintaxis. Y sin que se les caigan.
Pero hasta que todo esto suceda, hasta que el camión de mudanzas llegue, sigo mirando con inquietud la mesita de noche que no tengo. Uno sobre otro, abrazándose con las páginas cerradas, descansan allà los libros pendientes. Un problema mayúsculo. Son más de siete los que tengo empezados y luchan entre ellos por conseguir la suite más lujosa, la pole position, el dedo Ãndice que le dirá tú eres el elegido.
Voy a ser sincero. Con esto de las lecturas suelo organizarme. Me hago un plan y tal, ¿no? Empiezo con éste, sigo con éste y luego… y luego me pierde la curiosidad, dejo que un libro se monte de okupa en la mesita y hasta que no lo termino no hay forma humana de echarlo. Es horrible. Mi mesita de noche parece un aeropuerto español. Todo retrasos. Y no hay manera de terminar con ellos. Siempre hay uno deseando entrar en la lista de espera… con lo que el número de inquilinos es tan grande que nunca tengo la mesa lo suficientemente vacÃa para hacer limpieza general. O recuento. Y el problema es como una semana el reloj se me coma el tiempo a bocados. Entonces se me viene todo encima… y las páginas se multiplican sin que apenas me dé cuenta, como si fueran una bella plaga sin antÃdoto, una neumonÃa asiática para la que no tengo mascarilla. Por eso miro con miedo la mesita de noche que no tengo, porque nunca sé a ciencia cierta si los dos libros que habÃa ayer se han convertido, como por arte de magia y con la oscuridad de las cada vez más templadas madrugadas, en cuatro tomos completos de la enciclopedia Espasa. ¿A que da miedo?
Y eso que no tengo mesita de noche. Mi cama es tan tan tan vergonzosa que se esconde durante el dÃa para que nadie la vea. Y ahà no cabe mesita de noche, que lo dijo el decorador frustrado que habita en el interior de mi padre, entre la quinta y la sexta vértebra.
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