La casta médica
Me pone de muy mal humor ir al médico. Lo que hace que me hierva la sangre y se disparen mis niveles de mala leche es el trato que se gastan los gachós que pertenecen a la casta. Ignoro la razón por la que se creen superiores, pero daría algo por poner freno a su prepotencia y orgullo. Sí, ya sé que no todos son iguales, pero el sentimiento de pertenencia a un grupo de elite, a un estrato social superior, a tener el poder sobre tu vida, hace que muy pocos se salven de mis iras. Por desgracia he dado con pocos médicos humanizados.
Que están muy estresados, que no tienen buenos sueldos, que los pacientes les cuentan milongas, que el sistema sanitario está podrido… he oído mil excusas para salvaguardar el honor de estos impresentables que se esconden tras una bata blanca, un fonendo y el tratamiento de “doctor”. Es que me pongo malo.
Antiguamente, el médico, era el que tenía el poder sobre la salud física y el cuerpo. La parte espiritual, psicológica y moral, quedaba para el cura. Hubo una época en la que ciencia y fe hundían sus raíces en el sentido común. Entonces las enfermedades del cuerpo, y las otras, tenían un tratamiento que a veces era el mismo. No se había demostrado aún todo el rollo de la somatización emocional, pero se sabía y se actuaba en consecuencia.
El destino me ha llevado a las urgencias de un hospital dos veces en poco tiempo. Allí he visto como el ser querido al que yo acompañaba dejaba de ser persona cuando la desnudaban y se referían a ella como “Box 14” o “Pasillo 7”.
En estas dos temporadas de hospitalización he comprobado que hay celadores majos y no tanto, auxiliares atentas y no tanto, enfermeras cuidadosas y no tanto, pero los médicos… los médicos son una clase aparte, una casta, una tribu cerrada de pseudocientíficos ensoberbecidos a los que no les interesa tanto el enfermo como el mal que padecen, a los que se la soplan las circunstancias personales de cada uno de sus pacientes, a los que únicamente les interesan los números que contabilizan los niveles sanguíneos y huyen el contacto, la mirada, la palabra.
Alguien me dijo un día que las batas blancas son condones para mantener las distancias con los enfermos, que los fonendos son galones ante el resto de sanitarios y el tratamiento de “doctor” un recurso psicológico para fomentar el respeto debido al que tiene el poder.
Lo pienso, lo vivo y lo escribo. A estos tíos había que meterles un enema de humanidad, una trasfusión de sentido común, un bidón de suero psicológico por vena y una ración de humildad sobresaturada vía anal.
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