Salamanca, Beirut, Madrid
Coincidiendo con los 250 años de la Plaza Mayor de Salamanca me he acercado a la ciudad que me amamantó a sus piedras para ver a una amiga en duelo y tomar unos cacharros con las personas que me quieren de verdad.
Como en la ciudad de la arenisca dorada casi todos nos conocemos, me he ido encontrando con caras sonajero y he podido intercambiar unas frases insulsas con unos cuantos personajes de los que pasan por tu vida apenas sin dejar un rasguño en el alma. Son los peajes de las ciudades de provincia cuando uno que trabaja en la capital se acerca a respirar la paz transparente del domingo madrugador. El lujo asiático de tomar un cruasána la plancha leyendo la prensa local al calor de un café recién hecho en esas inimitables máquinas de cafeterÃa artesanal.
Preguntando por unos y otros me pongo al dÃa de los avatares charros y trato de asimilar los cambios de nombre en los bares de la ciudad, las nuevas plazas sin taxis, la reconversión del Gran Hotel, remesas caducadas de estudiantes, los mismos guiris de siempre que nunca son los mismos.
Mi amigo Mikel, salmantino como yo, me escribe desde Beirut una crónica que ya quisiera para mÃ. Siempre que sale fuera –y lo hace a menudo- nos regala a los amigos unas palabras descriptivas llenas de olores exóticos para compartir con nosotros su vida de investigador.
En esta ocasión está desbordado por el contraste de la ciudad libanesa. El centro estilo Hollywood y los alrededores destruidos por mil violencias. Los jeques árabes comprando en Chanel y los vendedores de frutas que querrÃan ser clientes para comerse su propia mercancÃa. Se extraña de que la gente se le acerque a hablar sin interés crematÃstico de por medio, se asombra con la belleza de las nativas, se resigna al té y la pipa de agua, ni siquiera una palabra de su futura y larga estancia en Estambul.
La semana que viene nos encontraremos en el infierno del hogar madrileño. Él con sus historias de Beirut, yo con mis chascarrillos salmantinos. Ambos viviremos un poco al otro, nos invadiremos mutuamente, será una transfusión de sensaciones, una conversación aderezada de humos y alcoholes. Es lo que tiene tener amigos viajeros, que te ahorras el Discovery Chanel y no te meten el dedo por el ojete al pasar una aduana.
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