EstanterÃas
Me gustan las revistas de decoración con estanterÃas en los pasillos, encima de las puertas (como en Siete Vidas), en los dormitorios. Me fascinan las grandes estanterÃas que salen en Babelia, justo detrás de la foto del escritor de culto. Siempre he pensado que para ser escritor de culto hay que tener mucho espacio para una gran estanterÃa llena (curiosamente las estanterÃas de escritor de culto siempre están llenas, incluso la de escritores no de culto, ni cultos, ni incultos). Llena de libros, por supuesto. Lo único que sabemos de los escritores de culto es que tienen libros hasta en el hueco reservado al papel higiénico. Nunca nadie ha visto la caja en la que los escritores de culto guardan las galletas. A lo mejor porque no comen galletas, sino que desayunan premios nobel, uno detrás de otro y untados con mermelada de frambuesa. El caso es que la estanterÃa es importante, incluso aunque no seas escritor. Y me gusta verlas en las revistas y en los suplementos literarios.
Hoy he tenido una experiencia extraña. Se me ha terminado la estanterÃa. Y eso que pensé que no tenÃa fin. Esa fue al menos la impresión que me dio cuando la vi vacÃa, vistiendo mis paredes, después de que la levantara con mi padre en casa. Montamos juntos esa escalera sin perspectiva, ese juego lego de conglomerado revestido, hecho a base de tablones independientes que compramos en Almacenes Cámara, una tienda que hay en Valladolid y de la que soy fan porque la mayor parte de las cosas que tiene no sé para qué sirven.
Pensé que la estanterÃa nunca se me iba a terminar, pero hoy ha llegado el dÃa. Los libros habÃan empezado, hace meses, a abrazarse entre sÃ, apretados unos con otros para ahorrar espacio. Cada madrugada, los miraba con temor por si las letras y las palabras de uno pasaban a las páginas del otro, mezclando frases sin sentido y creando un nuevo texto en el que el Coronel BuendÃa se levantara una mañana convertido en cucaracha. Pero su amistad no ha podido estrecharse más. Ha llegado un nuevo hermanito a la estanterÃa y no hay sitio para él. Ni apretando mucho. Donde comen cuatro puede que coman cinco, pero no quinientos. Pues eso, ha llegado el dÃa. Se me ha acabado la estanterÃa.
A partir de ahora sé que nada será igual. Que tendré que empezar a elegir (algo que, como todo el mundo sabe, es muy doloroso). Si hasta ahora la decisión se basaba únicamente en qué libros tenÃa más a mano o más a la vista, cuáles reservaba para las cuclillas y cuál para las puntillas, el reto ahora es elegir entre los que estarán en la primera lÃnea de fuego, siempre dispuestos para ser leÃdos y (h)ojeados, y los que quedarán en la retaguardia, como fondo de armario, en el banquillo, listos para ser llamados, en cualquier momento, al equipo titular. Voy a tener que empezar a esconder unos libros detrás de otros para que me puedan caber todos. Eso duele. Habrá que empezar a hacer listas negras, de damnificados.
Y no quiero ni pensar cuando empiece a bajar del altillo los libros de momento no leÃdos y tenga que colocarlos en un sitio ya sin sitio.
Una estanterÃa es como un álbum de fotos de las lecturas. Al menos para mÃ. Porque soy capaz, más o menos, de recordar dónde compré cada libro, quién me lo regaló, dónde y cómo lo leÃ, quién me lo recomendó. Es curioso, pero soy capaz de recordar muchas veces, la mayor parte de las veces, todas esas cosas anecdóticas y sin embargo, incapaz de reseñar el nombre del protagonista de la novela o qué pasaba en el capÃtulo cinco. Incluso qué pasaba en todo el libro.
Hoy se me ha acabado la estanterÃa, amiguitos. Mañana empieza una vida nueva. O algo asÃ.
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