Los Óscar
Hollywood no es lo que era. En la ceremonia de entrega de los Óscar nos dimos cuenta de que las estrellas tamizadas de antes no son ahora má·s que orondos pavos de punto de cruz. No hay más que verle la cara a Anette Bening para comprobar que la hermosa mujer de Los Timadores se ha convertido en un hollejo en cuyo rostro no han hecho vida las arrugas sino el escayolista.
Corre por Sunset Boulevard el rumor de que muchos actores van al sastre para frenar el avance de la edad en su piel desde el dÌa en que descubrieron que una joven estrella de la Metro levantó las manos del Hall of Fame y lo que dejó en su barro fue una icnita paleozoica.
Hace unos años, películas tan tramposas y pobres como Million Dollar Baby no soportarían la primera lectura de guión, pero ahora triunfa ante la mediocridad de sus adversarias, como Closer, que parece haber sido montada en un par de tijeretazos de Ágata Ruiz de la Prada.
Sin embargo, siguen llegando a las orillas de Santa Mónica intérpretes de todo el mundo con el fin de alcanzar las colinas escritas y, de paso, la inmortalidad. Un ejemplo es Antonio Banderas, que olvidó su etapa de soberbio actor en España para aceptar papeles de funámbulo al otro lado del charco. Después lo intentó con el musical pero, después de verle en los Óscar, da la sensación de que en lugar de una audición en el Carneggie Hall, como mucho puede aspirar a una beca Citius en la tuna de Derecho.
Algo parecido le ocurrirá a Paz Vega a quien se comenta que en cuanto aterrizó en el JFK para rodar Spanglish le pidieron que moviera la cadera y diera vueltas sobre su propio eje como esas figuras de las folclóricas que venden en las tiendas de souvenirs de la Plaza Mayor.
La madrugada del domingo, después de cinco horas delante de la televisión, me fui a la cama con la nostalgia de los viejos tiempos y la sensación de que lo único digno de la ceremonia había sido la flema de Amenábar, que se permitió el lujo de hacer quebrados durante su felicidad cronometrada, y que la única mujer real que se sentó en el patio de butacas del Kodak Theatre no fue otra que la madre de Clint Eastwood, que aplaudía a su hijo como si acabara de actuar vestido de pastorcillo en la obra de navidad del colegio.
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