Supongo que hay momentos en los que es mejor no saber. Imaginar que todo sigue igual, que no hay tormentas en las tazas de desayuno y las sábanas nunca aparecen mojadas. Que los relojes avanzan descalzos por el dÃa y con zapatillas mullidas durante la noche, que nada hará trastabillar el deambular de las agujas, que nadie interrumpirá su murmullo preciso. Que no habrá horas marcadas con crespones negros. Que nunca sucede nada malo. Supongo que hay momentos en los que es mejor no saber.
Acaso sea cobardÃa. Quizá. Esconder la cabeza, taparse los oÃdos y ladear la mirada para que nada cambie. Porque una vez sabido nunca volverá a ser lo mismo. Saber desasosiega y atemoriza, es la pócima que te despierta de la anestesia feliz de la realidad, que te descubre que nada es sueño ni novela, que todo puede ser y en ocasiones es o será. No querer saber puede que sea cobarde, pero nadie repartió carnés de valentÃa en tu primer cumpleaños.
Prefiero no saber. No saber al menos hasta que haya sido. No saber lo que será, no especular, no hacer mala sangre ni peores augurios, esperar a saber sin saber. No pensar de más, que canta Drexler. Adelantar acontecimientos nunca me ha gustado. Que el hombre del tiempo no diga que mañana lloverá, que los médicos no den su pronóstico de nubarrones y borrascas, que los jefes no amenacen con granizo en los contratos temporales, que la novia no cuelgue teléfonos con interrogaciones y mañana te lo cuento. Mejor es no saber hasta haber sabido. Y mañana, ya veremos. Deseémonos suerte.
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