Sin careta
Disfrazarse es de mal gusto. Lo digo aun a sabiendas de que las chirigotas gaditanas, las reinonas tinerfeñas y los taurinos mirobrigenses me llenen el buzón de bufonadas. Me expongo incluso a la bronca de mi costilla, acérrima defensora del carpe diem, el cachondeo organizado y, aunque sólo sea por unas horas, de vivir otras vidas luciendo disfraz con los amigos.
Dice mi Eva que, aparte de ser un Adán, soy un holgazán, un muermo y un cacho de carne con ojos. Que no me ilusiono por casi nada y que deberÃa seguir el ejemplo de los mozos de su pueblo. Por lo visto los tÃos están deseando que llegue la fiesta internacional de la cosa para calzarse los zapatos de tacón, cogerle el bolso a su hermana y rellenar un sujetador con calcetines. En fin. Que se lo deberÃan hacer mirar, le digo yo a mi par.
Hace años estuve en Miguelturra, un pueblecito cercano a Ciudad Real, donde el carnaval es poco menos que el acabóse del non plus ultra. Pues nada. Me resultó un fiasco de aburrimiento y eterno desfile. Mucha majorete alcarreña, mucho trotecillo cansino y todo muy previsible.
En Ciudad Rodrigo, Salamanca, atraÃdo por su farinato y su muralla, me dispuse en otra ocasión a vivir a tope el carnaval. Oye, ni por esas. Y mira que a mà la cosa taurina siempre me ha ido. Pues que no me enganchó. Que todo me parecÃa soso, demasiado organizado, muy rÃgido. Nada que ver con la idea que yo tengo de lo que deberÃa ser la fiesta de la carne, el despiporre y la gomorrización de un pueblo.
Peor fue lo de Perú. Allà los carnavales se celebran fastidiando al prójimo. Si te cruzas con una horda de furibundas criaturas con la cara ennegrecida y enharinados los costados te puedes dar por jodido. En ese momento sufres la peor de las lluvias imaginables: globos con agua y tierra, basuras orgánicas varias y demás porquerÃas que puedan adherirse a tu vestimenta ordinaria. Supongo que es un castigo para los que tienen la bárbara y antisocial costumbre de no disfrazarse.
He vivido carnavales en Madrid, en Salamanca, en Tudela -Navarra-, en Logroño, en pueblos del norte y ciudades del sur, pero jamás me han resultado divertidas. No sé si tendrá que ver con mi anarquismo frente al calendario, mis dificultades para obedecer a la masa o quizá, vete tú a saber, con alguna frustración por descubrir.
Conste que he intentado que me gusten, que me he mezclado con la gente, que me he disfrazado de guerrero medieval, de oso yogui, de hippy sin porro, de paleto, de cocinero y hasta de fraile. Pero nada. Todos los años me asalta la misma pregunta ¿Por qué no disfruto con careta? Será porque disfrazarse es de mal gusto, fijo.
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