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8 Febrero 2012 – 14:40 | Sin Comentarios

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Mo Cusha

Escrito por santiagoriesco el 28 Febrero 2005 – 19:43Sin comentarios

Querido Munny, ya sé que no me corresponde hablar de cine en nuestra web, pero no lo he podido remediar. Ayer vi una de las buenas.

Ya sabes que a mí me gustan las cintas que cuentan historias, las que no dogmatizan, las que van más allá de lo que se ve, las que te transmiten nuevos sentimientos sin recurrir a la pornografía emocional, al truco facilón, a la lágrima gratuita. Y esta me ha tocado el alma, los riñones, el nervio ciático.

Recuerdo nuestras largas conversaciones en las noches salmantinas cuando la mesa del bareto se nos quedaba pequeña para albergar tantos cascos de cerveza. Entre bocanada de humo y trago amargo comentábamos el protagonismo de los perdedores. El sentido de la vida. Nos poníamos filósofos y disfrutábamos diseccionando la existencia del hombre con el bisturí de nuestras lenguas afiladas y el pulso tembloroso de nuestras ideas utópicas.

Mira Munny, ayer en el cine me acordé tanto de ti que mi Eva te hizo sitio en mis entrañas. Porque Million Dollar Baby relata las más auténticas relaciones de amistad basadas en los valores últimos y olvidados de nuestra meliflua vida social; en los valores verdaderos de la gratuidad, del sacrificio, de la fidelidad… eso sí, en ningún momento los nombra. La película no es un tostón metafísico, es una historia. Todo esto que te cuento es lo que yo vi.

Como bien sabes, me la sopla el asunto de los premios. No sé si a los que se han currado este peliculón les darán algo, pero a fe que se lo merecen. Fíjate que salí del cine pensando que la entrada estaba tirada. Estas sesiones no me importa pagarlas más caras, estas dos horas no tienen precio.

Ya sabes que soy penoso para recordar nombres de actores y actoras, incluso para memorizar expresiones en otras lenguas. Pues bien, se me quedó grabado el gaélico Mo Cusha con el que Clint Eastwood zarandea mi conciencia. Esa es la clave de la amistad, de la relación de pareja, del trato con los hijos verdaderos. De los que son de tu sangre aunque tengan distinto el errehache. Los diálogos, aquilatados, son como la poesía que recita el viejo entrenador. La luz, tamizada, recuerda el blanco y negro de la vida en technicolor. Los gestos, medidos, están cargados de mensajes universales. Las preguntas, vitales, no llevan en su vientre una respuesta demagógica.

Si te encuentras con Eastwood en tus correrías cinematográficas, acuérdate de darle las gracias por haberme devuelto aquello que tenía olvidado.

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