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Amanece que no es poco

Escrito por davidbarreiro el 21 Febrero 2005 – 14:51Sin comentarios

El maravilloso arranque de Olvídate de mí (infame traducción de Eternal sunshine of the spotless mind) nos muestra a un tipo que, llevado por una extraña intuición, en lugar de subirse a su tren habitual camino del trabajo, toma otro con destino a una playa nevada donde conoce a la mujer de su futuro y su pasado.

Desde que vi esa película he deseado cada mañana tener el valor necesario para hacer lo mismo que el personaje de Jim Carrey, es decir, coger el metro en la dirección contraria, llegar a Atocha, subirme a un tren y jugar a no ser yo durante un día. Pero nunca me atreví, quizá porque es demasiado poético para ser verdad o porque sé que cuando llegue a La Concha o San Lorenzo no caer· ni un copito y Kate Winslet no me estar· esperando.

Esta obsesión que me persigue desde hace varios meses pensé que podría hacerla realidad la semana pasada cuando se quemó mi oficina en la torre Windsor. De pronto no tenía que ir a mi despacho porque no había ya mesa, ni silla ergonómica, ni pisapapeles.

Sin embargo, todo lo que necesitaba para trabajar estaba en el ordenador portátil que tenía en la mesa baja de mi sala de estar. Caí entonces en la cuenta de que desde hace años he llevado todas las tardes mi trabajo a casa para así no tener que escuchar las conversaciones cíclicas de mi mujer y poder quitarles (CTRL+SUPR) el volumen a mis hijas.

De pronto supe que no era feliz en ningún lugar. En mi casa echaba de menos el café de máquina y el murmullo de la impresora, mientras que en mi trabajo tenía el despacho repleto de objetos que me permitían recordar lo que era cuando no estaba en el Windsor: las fotos de mi familia, un par de novelas de Raymond Chandler o mis maquetas, entre otros.

El lunes por la mañana llamé a mi jefe y me dijo que podía quedarme a trabajar en casa durante esa semana, hasta que me buscaran una nueva ubicación. Decidí entonces ponerme mi traje nuevo y hacer realidad mi sueño. Llegué a Muxía por la noche y, aunque no nevó, sentí la arena gélida bajo mis pies descalzos hasta que me fui cuando prendía el sol, no sin antes sentir el amanecer eterno de una mente sin má·cula.

Desde ayer estoy en una nueva oficina, pero he decidido no poner objetos personales en mi despacho ni llevarme el portátil a casa. Supongo que tardaré en acostumbrarme pero si sale bien pienso proponerle a mi mujer que este agosto no nos llevemos la televisión con cuernos al apartamento de Fuengirola.

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