Amanece que no es poco
El maravilloso arranque de OlvÃdate de mà (infame traducción de Eternal sunshine of the spotless mind) nos muestra a un tipo que, llevado por una extraña intuición, en lugar de subirse a su tren habitual camino del trabajo, toma otro con destino a una playa nevada donde conoce a la mujer de su futuro y su pasado.
Desde que vi esa pelÃcula he deseado cada mañana tener el valor necesario para hacer lo mismo que el personaje de Jim Carrey, es decir, coger el metro en la dirección contraria, llegar a Atocha, subirme a un tren y jugar a no ser yo durante un dÃa. Pero nunca me atrevÃ, quizá porque es demasiado poético para ser verdad o porque sé que cuando llegue a La Concha o San Lorenzo no caer· ni un copito y Kate Winslet no me estar· esperando.
Esta obsesión que me persigue desde hace varios meses pensé que podrÃa hacerla realidad la semana pasada cuando se quemó mi oficina en la torre Windsor. De pronto no tenÃa que ir a mi despacho porque no habÃa ya mesa, ni silla ergonómica, ni pisapapeles.
Sin embargo, todo lo que necesitaba para trabajar estaba en el ordenador portátil que tenÃa en la mesa baja de mi sala de estar. Caà entonces en la cuenta de que desde hace años he llevado todas las tardes mi trabajo a casa para asà no tener que escuchar las conversaciones cÃclicas de mi mujer y poder quitarles (CTRL+SUPR) el volumen a mis hijas.
De pronto supe que no era feliz en ningún lugar. En mi casa echaba de menos el café de máquina y el murmullo de la impresora, mientras que en mi trabajo tenÃa el despacho repleto de objetos que me permitÃan recordar lo que era cuando no estaba en el Windsor: las fotos de mi familia, un par de novelas de Raymond Chandler o mis maquetas, entre otros.
El lunes por la mañana llamé a mi jefe y me dijo que podÃa quedarme a trabajar en casa durante esa semana, hasta que me buscaran una nueva ubicación. Decidà entonces ponerme mi traje nuevo y hacer realidad mi sueño. Llegué a MuxÃa por la noche y, aunque no nevó, sentà la arena gélida bajo mis pies descalzos hasta que me fui cuando prendÃa el sol, no sin antes sentir el amanecer eterno de una mente sin má·cula.
Desde ayer estoy en una nueva oficina, pero he decidido no poner objetos personales en mi despacho ni llevarme el portátil a casa. Supongo que tardaré en acostumbrarme pero si sale bien pienso proponerle a mi mujer que este agosto no nos llevemos la televisión con cuernos al apartamento de Fuengirola.
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