Ovejas con VISA
En Asturias ha entrado en vigor recientemente una normativa que obliga a cerrar los bares de copas unas horas antes. A mÃ, personalmente, no me afecta porque desde hace demasiado sé que mi momento para regresar a casa no es otro que cuando el barman echa la persiana. La cuestión es que lo hacen porque importantes empresas nacionales van a abrir discotecas de hormigón a unos metros de la playa con el fin de que allà se hacinen a altas horas de la madrugada los salientes para beber alcohol de marca blanca.
Ya no interesan los viejos bares donde a una copa le sucedÃa una canción, un beso o una carcajada, y en donde a la entrada te saludaban con aprecio en lugar de darte la vuelta por el roto en el pantalón. Ahora, donde estaba el piano han levantado una gogotera y al camarero que preparaba los cócteles como si hiciera la maqueta de un tren le ha sustituido un escote sin cabeza.
El único objetivo de esta norma es coartar la diversidad y mantener unido el rebaño hasta la hora en que abra el otro establo: el centro comercial. AllÃ, ni quema el sol ni moja la lluvia, y puedes beber un granizado en pleno invierno o comer una gofre ante el escaparate de Zara o de Colin Farell. En los centros comerciales uno tiene al alcance todo lo que su bolsillo precisa, y allà encerrado, mientras se toma una cerveza en una terraza artificial como un tapete, no ve cómo a unos metros cierra sus puertas la librerÃa Paradiso o el bar de la esquina.
Vivimos enclaustrados de tal modo que hoy dÃa un bosque es algo exótico (piense cuántas veces ha estado en un bosque el último mes y cuántas en Carrefour) y el mar un recuerdo de la infancia. El resto de nuestra alienada vida estamos en la oficina, ese universo paralelo en el corazón de las ciudades, a donde acudimos a no ser nosotros durante todo el dÃa a cambio de dinero que derrochar en los centros comerciales. La oficina es un lugar al margen de la realidad. Sin ir más lejos el otro dÃa una de mis compañeras trajo una muñeca que le habÃa comprado a su hija en El Corte Inglés y, cuando la dejó sobre la mesa, el resto no podÃamos evitar mirarla de reojo por si cobraba vida o se hacÃa pipÃ. Lo mismo ocurrió cuando hace un mes mi jefe trajo un litro de leche y todos temimos que fermentara ante nuestras narices o sobre nuestros informes. Sin embargo, seguimos viniendo cada mañana aunque por la tarde nos vayamos con la sensación de haber tirado un poco de nuestra vida a la papelera de reciclaje.
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