Auschwitz
Una mujer rubia chapurrea español desde el otro lado del mostrador. Te enseña una colección de postales, de fotografÃas, de carteles y posters. BolÃgrafos y mecheros con la palabra Auschwitz impresa. Y no muy caros, repite. Ocupa un barracón, muy pequeño y estrecho, instalado a la entrada de campo de concentración, junto a un trozo de césped que ni siquiera sabemos si estuvo allà entonces. TodavÃa permanece el cartel ‘Arbeit macht frei’ y muy cerquita, un espacio reservado a los músicos, que interpretaban ‘El vals del emperador’ mientras los condenados regresaban del trabajo.
El campo de concentración de Auschwitz se ha reconvertido en destino turÃstico y los taxistas aprovechan el viaje para sablear a los visitantes. La entrada es gratis. En el interior, todavÃa quedan los recuerdos. Ahora todo es silencio. Hay colegios visitando las instalaciones pero no se oye a los niños. Los grupos se desintegran y acabas solo, recorriendo el horror con tu sombra, mientras tus amigos, encerrados en sà mismos, continúan a su ritmo. Cada uno a su ritmo. Hay cosas que no son fáciles de masticar. Montañas de maletas, los nombres pintados con tiza o grabados en un trozo de cuero, arrancadas un dÃa de sus dueños, como les arrancaron también de su rutina, de sus vidas, de su café matinal y la cerveza de media tarde. Hay una sala donde se amontonan las gafas de los asesinados, aquellas que tanto horror llegaron a ver. Otra con muñecas, con relojes que alguna vez fueron mirados con esperanza vana, con el pelo, las melenas que nunca pudieron volver a ser peinadas. Hay salas con las camas, con los baños, con las oficinas de los cabrones que señalaban con sus dedos al próximo de la lista. Y hay ramos de flores en la pared en la que fueron fusilados algunos. El resto iba a las chimeneas. Cientos, miles de muertos. De personas muertas.
Algunas de ellas tienen su fotografÃa. No espera uno atravesar la puerta y encontrarse con los rostros de quienes ya no están. Cientos de retratos a modo de recuerdos… y en algunos, notas de los hijos, fotografÃas adjuntas de los nietos, una flor sujeta en el marco y en varias, una mujer que llora junto al retrato del padre, de la madre, del abuelo.
«El pueblo que olvida su historia está condenada a repetirla». Una mujer rubia, en un barracón a la entrada, se encarga de recordárnoslo en forma de souvenir, con velas y mecheros, con colecciones de carteles, imágenes satinadas de un tiempo pasado. La frivolidad de las postales, la bandera cosmopolita del nunca más.
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