Suerte
Hace un par de semanas se murió un viejo amigo mÃo, Alfredo Vincelle. Era un tipo corriente, de buen corazón y sin ninguna otra aspiración en la vida que pisar suelo firme, pero que hubo de vivir con un estigma hasta el dÃa de su muerte: Alfredo era gafe.
Sé que estas cuestiones no atienden a razones cientÃficas, pero en este caso no hay lugar para la duda. Nos conocimos en el servicio militar, en el Ferral, en aquellos barracones en los que, a pesar de las mantas de uralita, el frÃo se colaba cada noche por nuestros poros y sólo salÃa al amanecer con treinta flexiones y jabón lagarto. Evidentemente, nadie en la compañÃa hizo tantas guardias como él, hasta el punto de que el sargento le permitió colgar las fotos de su novia y los chorizos de su pueblo en la garita. Años después, comencé a sospechar seriamente de su problema porque cuando padecÃa una jaqueca en lugar del médico de cabecera le atendÃa un forense.
No es que Alfredo tuviera una vida desgraciada, pero siempre habÃa algo que le salÃa mal. Todos le envidiamos cuando se casó con Paula, una chica refinada y hermosa que a nadie dejaba indiferente. Pero a los dos años ella hizo de su sonrisa un ayer y de sus pendientes de plata bises de rosario. Recuerdo que Alfredo evocaba como la sima de su relación aquella noche en la ópera cuando tras el tercer acto de AÃda ella se levantó pañuelo en mano pidiendo una oreja. A nivel profesional, casi todas las empresas en las que mi amigo entraba a trabajar iban a pique, por lo que le contrataron en el único lugar donde su naturaleza generaba beneficios: la funeraria.
Por estas razones, con el paso del tiempo fui perdiendo el contacto con Alfredo. Mi mujer siempre temÃa sus llamadas en navidad porque eso significaba que Ãbamos a empezar a comer las uvas en los cuartos o que los reyes magos pasarÃan de largo a pesar del turrón blando y las peladillas que les esperaban en el salón.
Tuvo un hijo tardÃo, Miguelito, quien el dÃa de la muerte de Alfredo, se puso de puntillas agarrado al ataúd para besar la frente de cera de su padre y éste le contagió la varicela y la frialdad en los pies incluso muerto.
Sin embargo, ahora que ya no está aquà ni en ningún lado siento lástima porque de él sólo queda el recuerdo de sus fracasos y sus iniciales bordadas en franklin gotic en un par de juegos de toallas que compró, más baratas que en Portugal, en Novedades EloÃna. Pero lo cierto es que, aunque le echo de menos, he de decir que desde su muerte Paula ha salido del arenal en que se habÃa convertido su vida, recuperando aquel fulgor de la juventud en su mirada, y el pequeño Miguel ha comenzado, aunque necesita jugar con patucos, a despuntar en el equipo de fútbol del colegio. Por mi parte, sigo con el salitre bajo las uñas en una vida tan original como una orla.
El otro dÃa leà que un par de tipos han escrito un libro en el que cuentan la forma de hallar la buena suerte en la vida. Al parecer, ellos ya la han encontrado pues con las ventas de su obra se han hecho millonarios (en euros). Evidentemente, estos señores no conocÃan a mi amigo Alfredo Vincelle a quien se comenta que van a expropiar el terreno de su nicho para construir viviendas asociales.
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