Niebla
Cuando hay niebla, a mi pueblo llegan como un cañón las televisiones privadas de Portugal. Debe ser que la atmósfera de algodón es buena conductora de las ondas, supongo, no tengo ni idea. El caso es que en la televisión se cuelan canales desconocidos donde humoristas en pantalón corto y pelos en las piernas hacen chistes en plan Arévalo. Pero en portugués. La cosa es como un viaje en el espacio y a un tiempo pretérito en que las mamachico te daban el beso de buenas noches. Es lo que tiene la niebla, esa sensación de extrañeza, de incertidumbre, de desubicación. Bien lo saben los concursantes de Lluvia de estrellas. La niebla en mi pueblo permite que lleguen canales de televisión que emiten desde otras tierras y tiempos remotos. Eso.
Pero al tiempo que me acerca lo lejano, me roba la mirada de lo que tengo al lado. Conducir con niebla es caminar por la nada sin mapa, como montar en ascensor, viajando en una cápsula a través del vacÃo, sin poder ver los cables que manejan el artefacto, los pisos que vas dejando abajo, detrás, a tus espaldas, el futuro que te espera en el ático, allá arriba. Dar un paseo con niebla es confiar en tus pies (más si cabe), esos que apenas ves al final de tu cuerpo, pero sabes allÃ, y te conducen por un sendero que se desdibuja como las aspirinas en un vaso de agua, los recuerdos en la lavadora del tiempo. Es curiosa la niebla, me deja ver los programas picantes de Portugal y me niega el guiño de quien tengo a dos metros de distancia.
Bajo a tientas al kiosco y compro un periódico al azar, porque apenas noto a distinguir la mancheta en la espesura. Solo sé, por el tacto, que el que cojo no tiene grapa. Al volver a casa y extender la realidad en la mesa de la cocina, como hacÃa mi abuela con los conejos despellejados, descubro que la niebla se ha metido hasta en los pliegues de la última preposición, que los titulares son un banco de brumas que no se despegan ni sacudiendo el periódico junto a la basura. Me asomo por las ventanas de las distintas secciones y solo veo la solidez lÃquida de la niebla, que envuelve con su abrazo de oso los periódicos de la semana. A través de ella me llega lo lejano, lo insustancial, lo estúpido (los programas portugueses), las elecciones del fúmbol, las selecciones sin solución, el hockey hoy sin patines, las chorradas olÃmpicas, las amenazas episcopales y las gilipolleces peperas. Me acercan todo aquello que no me interesa y me niegan, para que siga ciego, quizá, perdido en la niebla, el saludo, el guiño, la noticia bomba que sucede al lado de mi casa pero que nadie me cuenta, porque nos hemos acostumbrado, tal vez, quién sabe, a no mirar más acá de nuestras narices.
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