La mejor madre del mundo
No lo iba a contar, Patro, pero me lo ha pedido tu hijo. La verdad es que lo estaba deseando, pero me parecÃa todo demasiado Ãntimo como para dejar que lo leyera cualquier desconocido. “Escribe algo de mi madre, del último adiós, de la amistad” y se me puso un nudo en los ojos al tiempo que las lágrimas bajaban por mi garganta.
Te fuiste el martes, con el sol. El miércoles por la noche la luna llena iluminaba tu ausencia. Allà estábamos todos, recordándote. Imaginándote dormida bajo un manto de flores y coronas con mensajes de cariño. No se nos ocurrÃa otro modo de decirte lo estupenda que has sido. Sólo podÃamos estar, sólo podÃamos abrazarnos entre preguntas sin respuesta, sólo querÃamos escuchar cómo te fuiste sonriendo, jugando a las pelÃculas cuando ya no podÃas hablar porque los tubos te habÃan resecado la garganta.
“La mejor madre del mundo, la mejor madre del mundo”, gritaba tu hijo en el silencio verde del hospital. Luego me contaba cómo se habÃa estado mentalizando para ese momento y cómo no se pudo contener. De nuevo la rabia, la incomprensión, la injusticia, las culpas de un cáncer que nadie supo detener. Tu madre preguntando al médico si ella habÃa tenido algo que ver, tu marido sereno y derrotado, queriéndote y resistiéndose a despedirte de ti. Tus hijos, Patro, ya lo sabes, echándote tanto de menos y eternamente agradecidos por haber sido “la mejor madre del mundo”.
Allà estábamos todos los amigos. Los de tu partida de cartas, los de las salidas al campo, familiares venidos de lejos, vecinos y compañeros de trabajo. También estaban los alumnos de tu hija, un gentÃo, ya lo sabes.
La noche del eclipse de luna, esperando el amanecer con su dosis de resurrección, tu hijo nos dio una lección. Éramos lo menos veinte, sentados alrededor. Primero narró tu adiós, con tanta calma que parecÃa era él quien nos querÃa consolar. Después nos dio las gracias y el silencio nos inundó. Comenzaron a brotar los recuerdos, algunas anécdotas con humor. ParecÃamos hermanos, Patro, como si ese grupo de jóvenes adultos que te daba el último adiós, se hubiera criado contigo. Y alguien habló de dolor, de esperanza y de amistad. De lo llevaderas que son las penas cuando las soportan verdaderos lazos de hermandad. De la nueva vida que tendrán que comenzar tu marido, tu madre, tus dos estupendos hijos. Del recuerdo imborrable de tu sonrisa, de tus ganas de vivir, de lo unidos que estabais todos y del ejemplo que nos ha dado tu familia. Gracias, Patro, por tu vida, gracias por habernos hecho sentir más humanos, más hermanos, más divinos. Gracias por tu buen humor. “Los amigos de tu hijo no te olvidan”.
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