Apocalipsis
El fin del mundo ha llegado. Lo gritan los periódicos. Al menos los periódicos de Madrid. Tarda uno en enterarse porque ocurre un sábado a última hora y el madrugar del domingo engaña, con esa mezcla de resaca y nostalgia que se adormece en tu cabeza, cansina y pesada, al modo en que la niebla se arremolina al otro lado de la ventana. De mi ventana. El mejor dÃa para que acabe el mundo es el domingo, cuando, desnudo de horarios y de espaldas al almanaque, puedes pensar que todo sigue igual… aunque nada siga.
Avanzas por las calles desiertas, tan solo ancianos que vuelven de misa y tres o cuatro perros paseando a sus dueños, cuando la amenaza te asalta en una esquina con kiosco. “El principio del fin”, dicen unos. “Fin de ciclo”, gritan los otros, aunque apenas hay oÃdos que los escuchen porque la ciudad, a esas horas, todavÃa duerme. Amanecerá poco a poco, levantando las persianas a un desierto nuclear donde el blanco ha desaparecido y las camisetas aparecen teñidas por la sangre de los caÃdos. El fin del mundo entrará en las conversaciones a mediodÃa, cuando los gambas y sus gabardinas abriguen la desesperanza, cuando el alcohol adormezca el ridÃculo de las estatuas caÃdas. Un niño rompe sus cromos en el fondo del bar, junto a una máquina tragaperras que hace años dejó de dar premios. El fin del mundo, dicen, ha llegado.
Lo que más me divierte de la prensa deportiva es esa enorme capacidad para la hipérbole, para la exageración gratuita, la pornografÃa sentimental, la exaltación de los colores (también en sus titulares) y el pesimismo autocomplaciente. Me entretienen esos gritos en papel que serán inútiles al domingo siguiente, cuando el mundo vuelva a reconstruirse, las camisetas de nuevo lavadas sirvan para sacar brillo a las copas, cuando los goles caigan de su lado y el edén huela a papel prensa. Es encomiable ese interés que tienen los periodistas deportivos por hacernos nacer y morir cada semana en un mundo nuevo, el paraÃso o el infierno, poco importa. El caso es turnarse. Lo curioso es que hay personas que se lo toman en serio, que piensan que el globo estallará en unas horas, que pueden tocar el cielo con los dedos, que con tres basta, que algo ha cambiado, fin de ciclo, el principio del fin. El apocalipsis. En fin, brindemos por el fin del mundo. Camarero, tres cañitas para celebrarlo.
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