Cuadernos
Las grandes superficies ceden estos dÃas sus pasillos centrales a pilas de libros de texto, amontonados como latas de coca cola, como chinos en el metro, fotos amarillas en una caja de zapatos. EstanterÃas enteras rebosantes de carpetas, de lápices perfectos y vÃrgenes, bolÃgrafos inocentes que no derramaron una gota de tinta (aún) y sacapuntas prestos a decapitar las pinturas alpino. Hay que pedir la vez en las librerÃas, como quien espera turno en el colmado del barrio, y la lista de la compra es una ecuación imposible de editoriales y asignaturas. La esperanza viaja, a principios de septiembre, empaquetada en una mochila nueva. A la espalda de un niño.
Rescatas de entre todos uno y me regalas un cuaderno con la tapa dura, demasiado rÃgida todavÃa, y me invitas a mancharlo con mis letras, con el rastro tonto e inseguro de quien se adentra por un bosque de páginas por primera vez. Escribe, me dices. Sin miedo. E improviso unos versos estúpidos que acabarán, seguro, en la papelera del olvido. Sigue, me pides, me gusta. Y avanzo por el cuaderno con el temor de que la historia se pierda en el próximo punto y aparte. O se despida sin decirme adiós. Se borre la medida telaraña de la cuadrÃcula y el cuaderno desaparezca de súbito, con la misma sencillez con que acabas de regalármelo. Y tenga que volver a escribir párrafos en el aire. Sin nadie que los lea.
Llenas mi mochila en este principio de curso con la promesa vertiginosa de un folio en blanco, la sinfonÃa torpe de un concierto en témperas y el guión de algodón de azucar de un musical en plastidecor. La esperanza, me dices, viaja a principios de septiembre empaquetada en una mochila nueva.
Y en el escuche, pesadas como piedras, inquietas y provocadoras, esperan las gomas de borrar. Capital Milán. Perfectas, con su veneno de nata. Aún no comenzaron su camino de censuras y perdición. No tardarán. Cuanto más avanzan – lentas, despacio, como las amenazas que terminan doliendo, los adioses imperfectos- su futuro se hace más pequeño, como los ojos de los abuelos, hasta que un dÃa terminan por desaparecer. Si miran hacia atrás, apenas queda rastro de su paso por el mundo, por las casillas de un calendario con forma de cuaderno. Tan sólo dejan, a veces, astillas incómodas e inútiles, los retos de su trabajo, recuerdos deshilachados, que acabarán desapareciendo, si hay suerte (las hay que resisten) con un soplo, una mano como ola de mar.
Escribiré con bolÃgrafo en este cuaderno que ahora me regalas para salvarme en septiembre, al principio del curso, cuando la esperanza viaja sin retraso en las mochilas de un niño. Camino del colegio. Para que no me borres, para que no me olvides, para que el tiempo no pasee con su disfraz de goma de borrar, lo haré con bolÃgrafo. No quiero volver a escribir solo, para nadie. Supongo que me cansé de imitar caligrafÃas en la nada.
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